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“La culpa la tiene John Ford”: mi entrevista en Qué Leer

por David en el may.11, 2012, como entrevistas, Sin categoría

Milo Krmpotic, ese hombre de apellido impronunciable, me ha hecho una entrevista que sale en la Qué Leer de mayo y que por fin he podido comprar esta mañana. Hasta la fecha, la entrevista más divertida que he hecho. Imaginad cómo será, que a la segunda pregunta ya va así la cosa:

El western es un género bastante más visto que leído, por lo menos de un tiempo a esta parte. ¿Sucede así con usted?

Sí, claro, pero la culpa la tiene John Ford. Si hubiera hecho películas a lo Billy Elliot en lugar de La diligencia, quizá yo hubiera terminado escribiendo sobre ballet.

Luego la cosa todavía da para llamarle (otra vez) Dios a Cormac McCarthy, sacar a colación la descacharrante película El bueno, el malo y el raro, de Kim Ji-woon, llamar filántropos a los personajes de Sam Peckinpah, dar un par de estupendas ideas para libros que no voy a escribir yo (incluyendo mención a mi pistolero favorito, Dallas Stoudenmire) y, en el resto de la página, hablar un poco del libro y mostrarme a lomos de una yegua que responde, que lo sepáis, al nombre de Lola (no os preocupéis si la foto se ve rara: la voy a colgar en el fotoblog en todo su esplendor en un rato).

La entrevista completa, en la página 75 de la revista, en vuestro kiosko de cabecera.

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los coyotes, reseñados en Carrión

por David en el may.09, 2012, como reseñas

Carrión, el quincenal gratuito de Palencia y alrededores (nada que ver con Carry On, el himno de los pantalones apretados y el jebi de musculito aceitado rampante), me ha reseñado el libro, echándonos unas cuantas flores a la editorial y a mí:

El florilegio de raras exquisiteces en que poco a poco se ha ido convirtiendo el catálogo de Menoscuarto da a luz ahora, por tanto, a un nuevo miembro que cumple a la perfección con la premisa que parece conjurar a todos ellos: que la autenticidad inunde tus páginas; que ni las modas ni las tentaciones de lo fácil, de lo comercial, se apoderen de ti. Sólo así se explica que cometan la osadía de publicar un brillante debut que ni es autobiográfico, ni es novela histórica, ni está ambientado en la guerra civil española. Qué cosas.

La reseña completa, aquí.

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literatura sincera

por David en el abr.11, 2012, como el mecanismo del mundo

Ayer, por razones muy largas como para explicar aquí sin tirarme un buen rato más del que preveería si estuviera yo como para preveer duraciones de ratos, asistí a un evento extraño en el que alguien, que había escrito un libro, admitía que había sido muy sincero en el libro.

Permíteme un rodeo para situar la escena: el libro va de la vida del autor, y además al autor no le sienta muy bien que le llamen autor, porque dice no verse como, digamos, novelista, como escritor de los de toda la vida.

Y ahora permíteme que saque la tijera y ampute el contexto, porque entiendo que ser sincero es algo que puede ser bueno cuando uno, como era el caso, escribe un libro autobiográfico, porque no todo el mundo es Roberto Bolaño, y puede construir con su vida una mitología que se mezcle con ella hasta fundir las raíces de la sangre y las letras.

Estábamos ahí, y el escritor admitió su sinceridad, y sonrió. Yo me acordé de uno de los escasos mantras literarios que me permite mi mala memoria, esa cita de Martin Amis en La información (libro sobre escritores, por cierto), donce dice “todo escritor es en esencia un mentiroso”. En un arrebato que nada tenía que ver con llevarle la contraria al autor que no quiere llamarse autor (pero bueno, que se aguante, que no hubiera escrito, ¿no?), lo expresé en Twitter, diciendo:

Pero creo que el tema da para más de 140 caracteres, y aquí estamos.

Pensando en ello me pareció evidente que escribir es mentir, y que lo de Amis es una tautología: cuando uno escribe se inventa cosas, y las presenta como si fueran sucesos reales, que aunque suelen pretender serlo sólo en el contexto del mundo que aloja la invención, pasan, traen consecuencias, y se ven inmersos en cadenas de acontecimientos que, de manera más o menos cotidiana, pretenden parecerse a las cadenas de acontecimientos que detectamos o a veces pretendemos detectar en este mundo nuestro, el real. Cuando un personaje de un libro cae por un precipicio sabemos que no es bueno, precisamente porque en el mundo real no lo es, y por eso el autor suele hacer que no sea bueno: para intentar convencernos de que lo que sucede es real.

Naturalmente nadie se lo cree, realmente, en la inmensa mayoría de la ficción: yo de pequeño sabía que no existían Los Cinco de Enyd Bliton en el mundo real, pero me daba igual, me preocupaba por ellos, seguía sus aventuras con contrabandistas y sus festines de pastel de carne y cerveza de genjibre, como buen lector, y envidiaba a esos niños que iban en barcas a su isla, se perdían por túneles, pasaban peligros, iban a todas partes en bici, y lo pasaban tan bien. Les envidiaba y me interesaban sus peripecias, aún sabiendo que no eran reales, hasta el punto de recordar como si fuera ayer la primera vez que leí un libro en el que el protagonista moría en mitad de la narración. Todo esto sucede, repito la invocación a Amis, porque el escritor (la escritora, aquí) nos miente, sí, pero en realidad esa sólo es la mitad del negocio, que pese a ser la que más trabajo lleva (porque es más difícil escribir un libro que leerlo y, en términos generales, casi todo el mundo ha leído bastantes más libros de los que ha escrito, con alguna chanante excepción) es la que menos me sorprende a mí, porque del otro lado está el lector.

Porque nosotros, lectores que somos, cogemos algo que sabemos que es falso, y aunque lo sabemos falso, rendimos nuestra certeza para fingir que el libro es cierto, y cuando el libro es bueno o, más probablemente, cuando nos llega (porque hay quien sucumbe a esto leyendo, qué sé yo, a Ken Follet), nos lo creemos, lo vivimos, decimos a veces, lo que significa que le damos vida, fingiendo creer, jugando con él.

Es decir, cogemos un objeto cuyo fin evidente es engañarnos, y decimos “de acuerdo, engáñame, voy a tratar de dejarme”. Y a veces lo logramos, y a veces resulta dolorosísimo que el autor de pronto meta la pata y nos saque del engaño y nos sintamos como si en mitad de una obra de teatro se cayese el decorado y diesen todas las luces y los actores pretendieran seguir como si tal cosa. Porque queremos que el engaño dure hasta la última página.

Eso es, para mí, lo más grande de la literatura, la construcción de ficciones que el autor finge vivas y a las que el lector hace vivir. Eso es, para mí, el baile. Contar la vida, entonces, tal cual fue, con más o menos arte o gracia, puede ser cojonudo, puede ser muy bonito, puede hasta ser fascinante, cuando uno es, qué sé yo, Robert Capa y está escribiendo sus memorias. Pero es bailar sentado, y a lo más que puede aspirar es a que, al terminar de leer la sinceridad de alguien, podamos cerrar el libro y decir “maravilloso: parecía una novela”.

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y como postre, Manual para coyotes en El Cultural de El Mundo

por David en el abr.09, 2012, como reseñas

Y si la semana pasada fue el suplemento cultural de El País el que me sacó, esta lo hace el de El Mundo. ¡A este paso, cualquier día me veo hasta en el Marca! Ya en serio, como se comprenderá estoy que no quepo en mí. La reseña la firma Care Santos, que me sonroja diciendo cosas como:

Sorprende por una ambientación que aquí había estado relegada a las novelas de serie B -con algunos cultivadores enmascarados como González Ledesma- lo hace más aún por la calidad que encontramos en sus páginas. Catorce cuentos que nos llevan al siglo XIX de los pioneros americanos, que revisan todos los tópicos pero saben traspasarlos, que prefieren mirar en el interior de los personajes que en el polvoriento paisaje que les sirve de escenario.

La reseña completa, aquí.

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de segundo plato, una entrevista en Punto y Coma

por David en el abr.09, 2012, como entrevistas

También estos días he visto que Punto y Coma, que en su número 35 trae uno de los cuentitos del libro y que me hizo una entrevista, ha colgado la versión escrita de la misma en su página web. Fue mi primera entrevista, no tiene ningún sentido y el 80% exacto de las veces empiezo a responder con la palabra “pues”. Pues no sé por qué será. Pues no lo digo en broma. Pues eso.

Pues la entrevista, pues aquí.

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Manual para coyotes, reseñado en Literaturas.com

por David en el abr.09, 2012, como reseñas

Ya he vuelto de las vacaciones y se me acumula el trabajo de dar la lata por aquí con todavía más reseñas. Marina Fernández Bielsa me ha hecho una para Literaturas.com, diciendo cosas como:

Literatura de la buena, donde fondo y forma encajan de manera perfecta en este puñado de cuentos, la mayoría breves – cinco, seis, diez páginas – que se leen de un tirón y de manera adictiva. El lenguaje, cuidado y depurado, exacto como una ecuación y seco como un disparo, consigue crear la atmósfera perfecta. Los diálogos son tan lacónicos y precisos como los personajes que pueblan estas páginas. La variedad de narradores y temas de los relatos, siempre ajustados al género, conforman un volumen dinámico. No falta la violencia, la sangre y el terror de un mundo salvaje donde los hombres son más fieros que los animales.

El enlace a la reseña completa, que esta vez sí que hay, es este.

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Manual para coyotes, ¡en Babelia!

por David en el mar.31, 2012, como reseñas

Esta mañana Belén Bermejo me ha puesto un mensajito avisándome de que el Manual para coyotes salía en Babelia, el suplemento cultural de El País.
Manual para coyotes en Babelia (El País, 31/03/2012)
Lo reseña Lluís Satorras, y dice así:

Ruiz reconoce ese mundo [del Western] y lo muestra con realismo. De vez en cuando, en párrafos densos, revueltos y llenos de expresividad, lo amplifica, le da una vuelta y media a lo que cuenta y registra el destino trágico de unos personajes de vida precaria y desamparada. Una poética que recuerda a lo que hizo Clint Eastwood en Sin perdón. Las variadas estructuras formales adoptadas por el autor en la resolución de cada relato benefician la lectura. Resulta que cada uno tiene su qué (quizá uno o dos son más flojos), pero un par de ellos son extraordinarios, ‘Víctima número trece de Hesse Johnson’ y ‘Molly’. En el primero, un joven camarero relata su encuentro con un pistolero famoso por el elevado número de víctimas que tiene en su haber. En esos escasos momentos, se convocan los hechos de una vida pasada y las trazas de una futura, hasta que el inesperado final, anunciado, sin embargo, en la primera línea del cuento, da en el clavo. ‘Molly’, cuento que recuerda oblicuamente Centauros del desierto, de John Ford, presenta un dramático indicente en el que intervienen un grupo de indios, una niña y una perra y un hombre con su carreta y sus caballos, el vasto desierto y la muerte que acecha.

Ni que decir tiene que el que me reseñen invocando a Eastwood y a Ford me tiene por las nubes. Escuchar, por primera vez, que hay un par de cuentos flojos, por cierto, también, quizá porque me hace sentir la crítica más distante, más a cuchillo, más crítica… y aun así, lo pone bien.

No he podido encontrar en la web de El País la reseña para enlazarla entera, como suelo hacer, pero puede verse en la foto de la página, abajo a la izquierda.

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Manual para coyotes en estandarte.com

por David en el mar.22, 2012, como reseñas

Emilio Ruiz Mateo me reseña el libro para Estandarte, donde entre otras cosas, dice:

Aquí no hay Nocilla, ni Perec, ni social media ni nada que nos ubique en las tendencias contemporáneas de la narrativa. Los cuentos de David Ruiz (que nació en 1975 y es matemático y fotógrafo) aman las máximas de los pistoleros, los códigos del honor, la acción y los tiroteos sin dobleces ni juegos metaliterarios. Gustarán a cualquier buen amante de las historias del Far West porque de eso se trata, no de crear ningún tipo de neowestern, postcowboy ni nada parecido. Habrá quien no soporte la rotundidad de algunas líneas (Ella era bellísima. Hermosa como sólo pueden ser las mujeres que están solas, o Matar a alguien es dejar de ser tú, y ser quienes ellos sueñan con ser, en las fantasías de los sueños de sus míseras putas vidas), aunque probablemente serán los mismos que se duermen delante de una película de John Ford.

En mi descargo debo decir que las dos frases rotundas que cita no son mías, son palabras salidas de la boca de Leslie Smith y James White, que otras cosas también, pero rotundos son, y mucho.

La reseña completa, aquí.

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Manual para coyotes en La Linterna de la Cope

por David en el mar.20, 2012, como entrevistas, reseñas

Ayer, como noticia de cultura del programa La Linterna de la Cope, salió el Manual para coyotes, del que Ramón García Pelegrín dijo estas cosas:

El autor da una nueva y original vuelta de tuerca a los personajes y ambientes típicos de las películas y relatos del Oeste. En estas páginas nos vamos a encontrar con atracadores de banco, tahúres de salón, sheriffs corruptos, indios sin piedad y whisky, mucho whisky, todo tamizado por una luz crepuscular a lo Sin Perdón de Clint Eastwood, y con un estilo punzante y seco, de enorme economía y expresividad idóneos para estos pagos narrativos.
(…)
Los trece relatos de Manual para coyotes, editados por Menoscuarto Ediciones, configuran un puzzle narrativo marcado por la tragedia y la estética de la derrota.

En la parte que omito, parloteo yo un pelín. Podéis ver que aunque lo parezca no me invento nada, escuchándolo (a partir del minuto 10:35 o así. Fue cortita la cosa, cual tiroteo repentino) o en la web de la Cope. Luego intento subirlo aquí, que me da esto un problema de permisos.
Lo que más me maravilla es ¿¡cómo diablos ha sabido adivinar Ramón que bebí cantidades ingentes de whisky mientras escribía el libro!?

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para la reunión de citadores anónimos

por David en el mar.13, 2012, como el mecanismo del mundo, libro, Sin categoría

Hay un libro de Onetti, cuyo título no recuerdo y que no terminé de leer porque, sospecho, no soy el target ideal del lector de Onetti, del que en cambio sí recuerdo que empezaba con una cita majestuosa, algo con párrafos, diálogos, sangrías varias y en versión original en francés sin subtítulos, y recuerdo también que cuando abrí el libro y lo vi silbé admirado, porque a mí siempre me han maravillado las citas de los libros, y aquella era realmente una cumbre en el arte de la cita, de puro bonita (visualmente: con el francés me pierdo, es lo que tiene no entenderlo precisamente bien).

Me pongo en pie, os saludo, hola, y confieso: soy un adicto a la cita.

Como casi toda mi vida en el ámbito de la literatura ha transcurrido en la trinchera del lector, por lo general me limitaba a admirarlas, o padecerlas, o mirarlas guiñando los ojos cuando alguien, como Onetti (o su editor, o casi yo, aunque la mía en que va en francés sí que la entiendo) decidían ponerla en francés y no traducirla. Como de un tiempo a esta parte he hecho mi pequeña incursión en la trinchera de enfrente, la del escritor (pero que nadie se alarme: mi trinchera, ante todo, es la de siempre, que uno no va a ponerse a dejar de leer, que el vicio no se quita ni con mezclas de aguarrás y Stieg Larsson), por fin he podido autoinfringirme mi propia dosis de citas, y cumplir así un pequeño, modesto y local sueño en las márgenes del sueño descomunal e increíble de que a uno le publiquen un libro.

Como, encima, el libro es formalmente un libro de relatos, se prestaba mucho a esto del citar. Casi todos los cuentos llevan su cita. Y creo que quizá sea buena idea explicarlas.

Fue en el Bremen donde me empecé a tomar esto de escribir realmente en serio (no siempre), e incongruentemente donde solía tomarme las citas a chufla (tampoco siempre). Allí me aficioné a buscar citas pretenciosas y/o absurdas y si podía ser ambas cosas, para colocarlas, a modo mitad de rompehielos y mitad de distracción, en la cabecera de los relatos. Yo no tengo un archivo de citas o soy una enciclopedia con patas, como algún tipo que conozco (ejem), por lo que, por lo general, para buscar una cita no suele quedarme otro remedio que documentarme, tirar de Google, o de Wikiquote, o de esos conocimientos absurdos que uno se tiró años metiendo en el cerebro considerando que así perdía el tiempo y que ahora, así, uno puede pretender rentabilizados sin creerse en absoluto, como pasa con las letras de esos grupos de gritones con pintas que me gusta tanto escuchar. Otras veces sentí que una cita era una manera de homenajear a su autor (o a lo que dice), y he probado a hacer lo mismo.

En el libro, evidentemente, decidí prescindir de las citas a chufla, porque no pegaban con el texto. Todo lo que hay en él es o bien un foco de luz que ilumina un detalle ajeno que, magia de la cita, pretendo apropiarme, o viene más o menos a cuento, escribo con miedo, atento al peligro de ese más o menos, que puede perfectamente ser menos para uno y más para otro. En ese sentido nunca vi posible empezar con otra cita que no fuese la que abre el libro como conjunto, musical ella, y título de canción, en realidad, porque el grupo, Russian Circles, es instrumental. Pero uno no puede evitar estar escribiendo un libro del oeste y pensar mucho en ese título que reza “Death rides a horse” (“la Muerte monta un caballo”, podría significar, o “la Muerte cabalga a caballo”), y dejar al lector ante el libro, advertido ya, con la tarea de encontrar ese jinete.

No fue intencionado, aunque sí en parte una declaración de intenciones, que el relato que abre el libro, el confuso y cuajado de personajes Los vencidos, sea de Pantera: cuando lo escribí estaba escuchando mucho ese disco, pero lo que me llamó la atención aquí fue la letra. Musicalmente nunca sentí muy propios del libro ni el barroquismo sucio y contundente de Pantera ni los ritmos elaborados y limpios de Russian Circles. Pero escuché (a duras penas, porque en esa estrofa Phil Anselmo, el que fuera cantante de Pantera, se esfuerza mucho y bien en resultar incomprensible) esa estrofa y vi ese sur perdedor, perdido, ese punto de fuga, esa partida perfecta para esa cuadrilla de personajes míos. “If I hit bottom /
and everything’s gone / in the great Mississippi / please drown me and run” (“si toco fondo / y todo está perdido / en el gran Mississippi / ahógame y huye”). Nadie ahoga a nadie en el Mississippi, en el relato. Pero sí que corren, y dejan detrás al que cae.

El siguiente relato, uno de los más populares, es Póquer, y habla de un vencedor y un perdedor natos. Y de póquer, claro. Ahí sí que me documenté hasta el punto de lo vicioso, y finalmente descubrí a Amarillo Slim y a Doyle Brunson, los grandes del Texas Hold’em en Las Vegas en los años sesenta o setenta del siglo pasado. Y la cita de Amarillo Slim me pareció tan sabia y tan conocedora tanto de la condición humana como del póquer que también fue inevitable decidirse por ella: “anybody who says he is [a winner] is either a liar or doesn’t play poker” (“cualquiera que diga que es [un ganador], o es un mentiroso o no juega al póquer”). La cita me gusta, aparte de por el relato que sigue y por sus implicaciones, sobre todo porque quien la dice, a fin de cuentas, era uno de los ganadores más habituales, y como tal es un ejemplo de humildad, esa virtud tan sobrevalorada pero virtud a fin de cuentas, y también porque, bien mirada, en parte dice que uno puede decirlo y ser un jugador de póquer mentiroso, sin darle más importancia, y como tal es un ejemplo de engaño, ese don tan útil en el póquer.

Otro relato se abre con unos versos de Francis Bret Harte, a quien llegué en el momento más yonqui de mi labor documentadora. Harte era un poeta de la época y del lugar, un poeta que vivía y respiraba y escribía sus versos en el mismo mundo que yo he intentado reconstruir. Qué menos que incluirle en eso que dice de “and then, for an old man like me, it’s not exactly right, this kind o’ playing soldier with no enemy in sight” (“y entonces, para un viejo como yo, no está del todo bien este juego del soldado sin enemigo a la vista”). Recuerdo que esta fue una de esas citas que, de hecho, llegó antes que el relato que introduce, e hizo arder la chispa de la idea del cuento que presenta a la pobre Elaine Jansen en forma del pistolero viejo y apestoso al que conoce en esas páginas.

El siguiente cuento, con otra protagonista femenina a la que le va todavía peor, la pobre Colette, sí que incluye una cita probablemente bastante críptica, tanto que ni la voy a traducir (sólo diré que dice algo de cadáveres, de la montaña de los dioses, de rostros pálidos y cráneos agujereados: bien pensado, le pega bastante al cuento). La canción es de Old Man Gloom, que en rigor fue el grupo que le puso banda sonora a casi todo el libro mientras lo escribía. Ni Morricone ni leyendas del género: la música que yo no podía empezar a escuchar sin oler el peligro y la pólvora oliéndose mezclados en el viento frío y cruel que irrumpía de pronto en mi cabeza y en la punta de los dedos era Old Man Gloom, casi siempre el disco que se llama Christmas, y que es una obra maestra tan propia que hasta tiene sus parajes desérticos, con ruido y estática en lugar de cáctus y desierto o llanura sin fin, eso sí. Esta canción, a mí, me lleva ahí, de cabeza, a ese mundo, a ese tiempo:

Old Man Gloom – Gift

El que sigue en la lista de citados es Ned Kelly, un forajido en realidad australiano, que justo antes de ser ahorcado tuvo el valor de plantarse ante jueces y verdugos y espetarles “I will see you where I go” (“os veré ahí donde voy”). La imagen del pistolero aceptando así el infierno y, encima, haciendo amenazas aún en ese trance me parece bestial.

Después es el turno del New York Times. La noticia que prorroga al relato sobre Alexander Keith McClung es verídica. El cuento es básicamente la dramatización de uno de los duelos de McClung, pero realmente existió el personaje -que era poeta también, por cierto, y por eso le conocí, aunque de este no pude rescatar versos para el libro-, y mató en duelo, por una estupidez, a un amigo suyo y a sus seis hermanos, en riguroso turno.

En el cuento siguiente sale Bolaño porque pensé que jamás me perdonaría escribir un primer libro sin que apareciese su nombre por algún lugar. Cuando en el poema Los hombres duros no bailan leí eso de “el alcalde es infame y el sheriff es un hijo de puta y las cosas van de mal en peor” ya tuve excusa. Hasta por un tiempo consideré llamar así al libro, “los hombres duros no bailan”. Pero me pareció que mi libro no iba de bailes. Calla, no me digas nada de coyotes ni de manuales, que te veo venir.

El cuento de Molly, uno de mis favoritos, fue el primero que escribí sin pensar en llevarlo al Bremen. Acababa de decidir que efectivamente iba a intentar escribir un libro, y que podía escribir directamente para él. Tenía sus ventajas, eso, por ejemplo de espacio. En el taller teníamos una limitación de longitud del texto, por no eternizarnos leyendo, y ese cuento fue el primero que afronté sin límite ni frontera, casi como la pradera por la que viaja Warren Fournier. Recuerdo que cuando me levanté de la silla miré cuánto llevaba escrito. Acababa de terminar de plasmar lo que para mí era la idea inicial del cuento, y ya me había pasado del límite habitual. Y todavía me quedaba resolver el cuento: ese fue un momento súbitamente feliz. Y fue aquí donde me di yo mi momento de cita a lo Onetti, pasándome al francés, con eso de “c’est nous qui formons les plaines de morts et les fleuves de sang”, que significa “somos nosotros los que llenamos las praderas de muertos y los ríos de sangre”. La firma Henri Barbusse, que pese a lo apropiado de sus palabras no era un pistolero del far west, sino un comunista francés de entreguerras, que escribió esas palabras desesperado por lo que había visto durante la Gran Guerra.

A partir de aquí hay un páramo en el citado que se extiende hasta el penúltimo cuento, que fue el primero que escribí. En el Gerald Hausman, un estudioso y defensor de los lobos, dice “we humans fear the beast within the wolf because we do not understand the beast within ourselves”. En ese relato hay lobos, y sendas bestias, de maneras y modos muy distintos, dentro de los dos protagonistas del cuento. Encontrada esa cita fue inevitable encaramarla en lo alto de ese relato.

Y en el último cuento fue donde padecí mi más grande quebradero de cabeza a la hora de buscar y poner citas. Como se ve hasta ahora mi idea fue dejar cada cita en su idioma original, y fiarme de que mucha gente sabe inglés y de que la que está en francés más o menos se entiende sin mucha complicación. Pero con esta cita tenía un problema, pues viene de la Biblia, libro del que hablar de la versión original sería adentrarse en los terrenos de la fabulación si no se partiera ya de ella. O dos problemas, porque aunque ante esa disyuntiva me sentía medio obligado a acudir a la versión española, resultó que esta no me valía, a diferencia de la inglesa. Esta, que cierra el círculo que abría trece relatos antes la de Russian Circles, nos devuelve a la muerte, en esos versos de las revelaciones que dicen “and I looked, and behold a pale horse: and his name that sat on him was Death, and Hell followed with him”, que en español se traduce como “miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía”, pero que del inglés yo traduciría como “y miré, y contemplé un caballo pálido: y el nombre de su jinete era Muerte, y el Infierno le seguía”. Porque yo no sé qué color será más fiel al original de la Biblia para el caballo, si el pálido de la inglesa o el amarillo de la española, pero un caballo amarillo se me antoja ridículo y digno sólo, digamos, de D’artagnan al principio de su libro, y por otra parte si se le cambia el color se pierde toda la referencia al Jinete Pálido y, con él, a Clint Eastwood, que aunque sea así de refilón también debía figurar en el libro. Y por eso y por su pésima calidad literaria finalmente la versión española fue descartada y el caballo que cabalga la encarnación más fiel de la Muerte que contiene mi libro no es amarillo, sino pálido, del color exacto que tiene un caballo blanco cuando cabalga días y días por caminos polvorientos en pos de la siguiente presa, jamás de la última.

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