Mi Olimpo privado de baterías
por David en el may.24, 2013, como día a día
0. Disclaimer, disculpa y declaración de intenciones
Bueno, apuntad esta fecha, porque hoy va a ser el día en que pierda a los pocos lectores que le quedan a este blog (concretamente, y que yo sepa, dos): he estado pensando y creo que pocas reglas pueden establecerse para espantar lectores que no vaya yo a ir cumpliendo a rajatabla.
Voy a escribir algo no corto, con un montón de vídeos muy largos, musicales encima y de una música que no os gusta, o que a priori, diréis, “¡no nos gusta!”
Como sois dos, ya os pediré perdón en privado.
Todo esto viene del trabajo. Tengo allí un compañero que toca la batería. Me enteré hace poco, y como a mí me encanta la batería, pese a que ni la toque, ni pueda tocarla como ya me gustaría a mí tocarla, y por tanto no pretendo tocarla, pues le pregunté “ah, ¿y conoces a Mike Portnoy?”
Me dijo que no, y luego me dijo que se lo recordase, para que lo viera. Yo iba a ponerle un whatsapp y dejarle en paz, pero luego pensé en que un enlace de whatsapp es algo que se suele abrir en el móvil, y no en un ordenador, y bueno, si algún lector en la sala sabe algo de Mike Portnoy estará de acuerdo en que no es para verle un momentito, porque los grupos en los que ha tocado no se distinguen, precisamente, por hacer temitas cortos y sencillos de un par de minutitos.
Así que aprovecho para ponerle los vídeos así, para poder pasarle sólo una URL facilita y quizá hacerle sentirse moralmente obligado a leerme (de ser así, Jesús, ¡cómprame el libro, o la próxima vez que tengas un problema en SQL con un CASE WHEN te va ayudar tu padre!), y ya que estoy aquí en casa, escribo en zapatillas y la Muchacha se ha ido al teatro, con lo que sólo los cimientos del edificio pueden quejarse de cómo tengo puesto el volumen de la música mientras escribo, añado a Portnoy mis otros dos baterías favoritos y me monto este recoleto Top 3.
Sólo me queda decirles a los dos lectores ocasionales que huyan de la pereza y le den al play y que voy a tener la amabilidad de recorrer el Top 3 no en el orden en que yo les pondría, sino de más digerible para el profano a probablemente más indigesto, así que empezamos por Portnoy. A Mike Portnoy hay que verlo por lo menos una vez en la vida. ¿Por qué? Porque es el mejor. Y lo puede probar:
1. Mike Portnoy
Ha ganado 12 veces seguidas el premio al mejor batería de rock progresivo de la revista Modern Drummer Magazine, lo que teniendo en cuenta que en el género los baterías malos o regulares no abundan querrá decir algo. Portnoy es conocido, sobre todo, por haber fundado el grupo Dream Theater, maravilloso, salvo por el cantante, al que aborrezco, así que empezaremos huyendo de él y vamos a poner una canción de Liquid Tension Experiment, un grupo instrumental que formó con el guitarrista de Dream Theater, John Petrucci, con Tony Levin, que por cierto me ha descubierto un instrumento viendo el vídeo de esta canción, que tonto de mí yo al oírla siempre pensé que tocaba el bajo de una forma muy rara, y Jordan Rudess, que por aquel entonces no era el teclista de Dream Theater, pero poco le faltaba.
La relación entre Liquid Tension Experiment y Dream Theater no fue sólo la de importar gente que tocase el teclado. Como al final durante mucho tiempo el 75% de Dream Theater era el 75% de Liquid Tension Experiment, Dream Theater solía tocar trozos de las canciones de Liquid Tension Experiment en directo, a veces mezclándolas con piezas firmadas por el grupo, formando maremagnums instrumentales donde uno, en concierto, podía deleitarse viendo a cuatro virtuosos técnicamente perfectos enlazando ritmos y melodías como si no hubiera un mañana. 12:20 dura el siguiente vídeo, donde se ve mejor a Portnoy, por eso de estar hecho con las cámaras que les seguían en este directo, y que además tiene el mérito añadido de ser la batería más descomunal que vais a ver en mucho tiempo (y que, por cierto, Portnoy no lleva precisamente para alardear. No hay nada que no toque, y eso incluye hasta la parte exterior del armazón metálico que la sostiene):
¿Qué más decir? Que es el mejor batería que he visto y que voy a ver en mi vida. Salió de Dream Theater porque se tomó un descansito y el grupo decidió seguir sin él, pero en lo que a él respecta no pasa nada: el chico es tan hiperactivo en la vida como encima de la batería. Debe tener como 5 proyectos en marcha o así. En lo que a Dream Theater respecta, ese grupo está muerto para mí desde que largaron al señor Portnoy.
2. Martín López
Como su nombre indica, Martín López es sueco…
No, que lo digo en serio: es sueco, con tildes y todo, y apellidándose López. Nació en Suecia de padres uruguayos, y fue batería en el primer y probablemente mejor disco de Amon Amarth, y luego se metió en Opeth, que añade un adjetivo más a la lista de géneros que vamos recorriendo: si Dream Theater era metal progresivo, Opeth es Death Metal Progresivo.
Aquí es donde mis dos lectores, si resistieron los 25 minutos de Mike Portnoy a la batería, han salido despavoridos: he dicho “death metal”: el horror. Y encima, “progresivo”, así que debe ser un horror raro.
Invoquemos a un músico magistral para que defienda el género, Steven Wilson, fundador de Porcupine Tree y que ahora acaba de sacar en solitario un discazo de rock progresivo setentero llamado The Raven that Refused to Sign, y del que igual me animo a hablar otro día (total, ya sin lectores qué más dará). A Steven Wilson, cuando era pequeño, le gustaba el heavy metal, pero luego perdió interés en el género por razones que yo, sin saberlo, le copié: era un coñazo. Se preguntaba él según crecía y cruzaba el negro vacío que fue la música heavy de los 90 que dónde diablos se habían metido aquellos virtuosos, y a finales de los 90 lo descubrió: se habían pasado todos a al parte extrema del espectro musical. ¿Tiene esto sentido? Yo creo que sí: tras mucho oír death metal melódico y otros tipos de música hay un algo de libertad y de afán exploratorio en lo que esa gente hurga y abunda. Y sospecho que el grupo favorito del género para el señor Wilson es precisamente Opeth. No se entiende si no que haya colaborado con ellos y les haya producido tres discos.
Dicho esto, Opeth es un grupo difícil, un gusto adquirido: yo, cuando empecé a oírlos, ya me había acostumbrado a ese cantar medio gruñido medio grito del género, pero los escuché durante meses sin que su música me hiciese click hasta que, un buen día, estudiando para un examen, escuché una canción que se llamaba Deliverance y a la que no le estaba haciendo el menor caso. Deliverance es una canción típica de Opeth: creo recordar que dura unos 14 minutos. Pues bien, habían pasado nueve y medio cuando de pronto metieron un cambio de ritmo de los que meten a docenas en cada canción, y comenzaron un riff de guitarra y batería que me puso los pelos de punta. En junio. En serio, en junio, en Madrid, Opeth me puso los pelos de punta con aquel riff. Y dejé los apuntes y me quedé escuchando y mirando los altavoces. Otra cosa buena que tiene Opeth es que no tienen nunca ninguna prisa, y por eso sus canciones duran lo que duran. Insisten con ese riff prodigioso durante 5 minutos, lo que un grupo normal invertiría en una canción larga. Y ellos siguieron tocándolo y variándolo cinco minutos. Cuando terminaron Opeth era uno de mis grupos favoritos y Martín López, el batería de padres uruguayos que abría y cerraba el horizonte de la canción como le daba la gana, estaba instalado en este olimpo mío de baterías.
La canción que voy a poner no es esa, porque si por un azar el ordenador de mis lectores se colgase reproduciéndola y no les quedase otro remedio que escucharla no les iba a hacer pasar por la tortura de escuchar 9 minutos de algo que aborrecerán para escuchar los 5 minutos magistrales del final. En lugar de eso pondré la canción que tocaron en este directo justo después de esta, que es una versión más o menos simétrica, en el sentido de que al menos los 5 minutos del principio de esta son para todos los públicos. Y si alguien se decide a hacerle clic, por favor, que escuche el riff que empiezan a hacer en el minuto 5:37, y la locura del cambio de ritmo que hace el señor López en el 5:45, para tirarse 10 segundos yendo a su propio ritmo hasta que de pronto todo encaja otra vez.
Por cierto, ahora que lo pienso, este ranking mío parece una maldición gitana: si a Portnoy le largaron de Dream Theater, López dejo el grupo por problemas de salud en 2006. Pero Opeth no es Dream Theater: antes de que se fuera tuvieron tiempo de grabar un disco de rock progresivo setentero llamado Damnation, absolutamente brutal, que en cierta medida va dedicado a López, siendo su nombre el que aparece el primero en lo créditos del disco. Ahora Opeth tiene un batería nuevo, un tipo con pinta de Legolas, y el tipo no es nada malo, clavando por ejemplo el estilo de López en las canciones viejas. Pero mi López es mi López, y yo le amo con locura.
3. Mario Duplantier
Este suena a francés, por el apellido, y sí es francés, y es el batería de un grupo francés que se llama Gojira.
Antes de decir nada del grupo, os pongo en antecedentes: su hermano es el cantante, guitarrista y compositor. ¿Qué pensaríais si en el cole dos hermanos juegan al fútbol y uno es buenísimo y es el capitán del equipo y el que tiene loquitas a todas las niñas de la clase, y siempre quiere que su hermano juegue en su equipo?: que es un enchufado. Sólo viendo que comparten apellido yo ya sospecharía, pero vale escucharles para ver que no, que no es eso, o que no es sólo eso: Mario tiene un algo. O varios algos: también tiene un premio de 2012 a mejor batería progresivo del año.
¿Qué género hace Gojira? Debo reconocer que yo, que a llevo poniéndoles pegatinas a todos los géneros desde hace 20 años (que nadie me diga que no son útiles, por cierto), dudo. Supongo que se puede decir que son thrash metal, pues algo hay en ellos de herencia de los Metallica (grandes fans de estos franceses) y de Slayer de los primeros ochenta, y de los primeros Sepultura (otros grandes fans, ya puestos). Claro que hay más, mucha más complejidad, así que supongo que también se puede decir que son progresivos. Supongo, entonces, que hacen algún tipo de metal progresivo al que, por acotar, podríamos llamar thrash metal progresivo. Con temáticas así en plan hippy, por cierto. Vamos a poner un videoclip trampa suyo, con música de estudio e imágenes en vivo, y así le podemos echar un vistacito a Mario y oírles como suenan en estudio, que vale la pena.
Por cierto, hablando de estudios, a Mario es al único batería que he visto tocando una puerta, en los vídeos que fueron subiendo a YouTube mientras grababan el disco. No puedo evitar ponerlo.
Acabé. Si queda alguien ahí y quiere sugerirme algún otro batería prodigioso que comente. Aunque como luego vaya a YouTube y le vea haciendo un cuatro por cuatro ramplón morderé, avisados quedáis, si seguís ahí, que lo dudo.
Carlos Castán y yo, reseñados a dúo en Otro Lunes
por David en el may.20, 2013, como reseñas
Decir que Ainize Salaberri, de Granite & Rainbow, es una fan entusiasta de los Coyotes no es sorpresa para nadie: ya lo dejó claro en su día. Difícil tenía yo agradecerle aquella crítica, pero la tarea se vuelve titánica después de que haya escrito esta otra reseña en la que comparto cartel con nada más y nada menos que el señor Carlos Castán, escritor a quien conozco y envidio de mala manera. Ainize habla de Polvo en los ojos, de Carlos, y de Manual para coyotes, y dice:
Carlos Castán propone un viaje por ese desierto que es la aspereza humana, e intenta demostrar que más allá de lo indigno que resulta en ocasiones ser humano, hay esperanza. Quizás. David Ruiz, como Castán, intenta demostrar también que, tras la máscara de imperturbabilidad, las lágrimas pueden enseñarle al miedo una lección muy valiosa.
David Ruiz: «Matar a alguien es dejar de ser tú, y ser quienes ellos –y señaló de nuevo con el revólver hacia la puerta, un hueco en la noche y la tormenta– sueñan con ser, en las fantasías de los sueños de sus míseras putas vidas.»
Carlos Castán: «Lloró como llora un hombre que sabe que va a matar.»
La reseña completa, aquí: lo que yo pierdo no lo perderás tú jamás.
Carlos Castán, por cierto, tiene el honor de figurar en mi panteón privado como el autor con el mejor principio de cuento que he leído en los últimos años. Lo afirmo, y aporto la prueba. Si alguien se opone, nos vemos tras la tapia del cementerio con un Colt al cinto.
Barcelona
por David en el mar.18, 2013, como día a día
El sábado tuvo lugar el Encuentro de Blogs Literarios 2013, sobre el tema Literatura Basura. No es que nosotros necesitemos mucha excusa para visitar Barcelona, sobre todo la Muchacha, pero cuando vemos una tenemos difícil resistirnos. Así que hicimos un par de maletas, preguntamos a nuestra cabeza de puente allí (y estupenda amiga, claro) si nos dejaba su casa, y cogimos un tren que en poco más de tres horas hizo la magia de que uno va por ahí por Atocha arrastrando la maletita que traquetea TRRR en el adoquinado y de pronto uno va por Sans arrastrando la maletita que traquetea por el adoquinado, TRRR, y lo único que ha cambiado es el paisaje, el paisanaje y un ligero olor a mar y a humedad.
¿El encuentro? Bueno, el encuentro fue bien. La Muchacha participó en el último panel, “Literatura Basura y redes sociales”, donde habló de su experiencia como community manager de cierta editorial de la que no voy a decir nada, porque quiero que tenga este párrafo un cierto aire bucólico y no habría forma de seguir por ahí y mantenerlo. Como se encargó luego de señalar Miguel Herranz Farelo, El viajero lento, como fue la última fue la única a la que, al terminar de hablar, el público aplaudió.
Que por cierto, a Miguel yo lo quiero con locura porque, cuando nos conocimos, hace ya un año o así, se acercó a mí sin que yo tuviera ni idea de quién era y me dijo, con los ojitos brillantes, “perdona, ¿¡eres David Ruiz, el de Manual para coyotes!?” Entendedme, es la primera vez que me ha pasado algo así. Bueno: es la única vez. Es mi Fan, y por tanto yo lo querría aunque fuese un psicópata nazi con los brazos embadurnados de sangre de bebé hasta los codos, así que es una cierta desilusión que mi cariño hacia él no se vea puesto a prueba, por ser, como es, un tipo absolutamente encantador y un orador cuerdo y simpático.
Lo digo porque él también intervino en las charlas, como participante. En realidad yo también lo hice, como público, pero recuerdo poco de mi propia intervención: sólo que no tuvo mucho sentido, que insistí en que la mayoría de los lectores son idiotas que no merecen disculpa y que menté a David Foster Wallace. Probablemente lo de llamar idiotas a los lectores no sea una idea muy buena cuando uno ha escrito un libro, pero vamos a dejarme aquí temblando en la cuerda floja y ya sigo con eso otro día, y así tengo un buen motivo para volver aquí pronto.
Porque hoy, en realidad, venía a otra cosa. Así que volvamos al principio. Hemos ido a Barcelona…
Y allí, tras el encuentro, quedamos con amigos de allí. Amigos de la Muchacha, casi todos ellos (a Paula la contaré como mitad y mitad, por mucho que venga de parte de ella). Particularmente un par de amigas a las que no veía desde bastante antes de conocerme a mí y a las que yo miraba con el mismo recelo con el que uno mira a los personajes que aparecen de pronto durante la quinta temporada de una serie, después de que un personaje les mente por primera vez con una frase del estilo de “¿te acuerdas de Arancha, verdad? ¡Te he hablado mucho de ella!” Y la verdad es que yo no las recordaba. Luego, por lo visto, sí que me había hablado de ellas, pero otras dos cosas que tampoco dejo yo pasar mucho son 1. la posibilidad de alimentar la paranoia y 2. la de proyectar a la vida las reglas de las series de ficción, así que me mantuve en mis trece y hasta les comenté el tema a las amigas de la Muchacha y las advertí de que en adelante andaré atento por si las veo aparecer de secundarias o, peor, de protagonistas en otras series. Me dieron unos golpecitos en el hombro y me señalaron a la Muchacha, que ya venía corriendo con un vasito de agua y la pastillita azul.
El caso es que, cuando nos volvimos a casa, la Muchacha me dijo: “y eso es todo: yo creo que ya conoces a todos mis amigos”. No está mal: nos ha llevado 5 años, entre la gente de aquí, la de Alemania, la de México y la de Irlanda. No está nada mal: a ella le llevó como 10 minutos conocer a todos mis amigos. Lo que me ha hecho pensar en aquello que cantaba el idiota del Bruce Dickinson en una mala canción de que se pueden contar los amigos de verdad con los dedos de una mano: una leche. Podemos los idiotas como Dickinson y yo, a los que tan poca gente debe soportar. Ella, perfectamente, puede contar sus amigos por docenas.
Yo, ya digo, pocos, contados, y encima desaparecidos. Entre la tendencia de la vida a plantear divergencias y los giros del camino que hacen que uno pierda de vista a algunos (que ha pasado mucho, pero que no ha sido lo más dramático ni de lejos: lo más dramático fue certificar, por ambas partes, la muerte de una amistad, una cosa rara y amarga que no le recomiendo a nadie), me quedan cuatro, de los que uno anda por México, el otro por la sierra y otra que, ¿cómo decirlo?, se ha hecho autista. Cierto es que el tiempo ha acercado a nuevas personas, nuevos amigos. Pero también que hace diez años pasaba como siete horas semanales al teléfono, preguntando cómo te va y contando la vida en porciones semanales (de nuevo, un serial), y ahora qué queda, silencio, alguna cena, alguna partida de póquer.
Y les hecho de menos.
Y quería contarlo, aprovechando que ya no nos lee nadie.
criptografía para todos 5: cómo encriptar y firmar correos, por fin
por David en el feb.23, 2013, como criptografía
PREVIOUSLY, ON LOST EN DAVIDRUIZ.EU:
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0. Una introducción al hilo del 15M
1. un poco de historia, ¡Dyh Fhvdu!
2. cuadernos de clave única
3. la clave se llama así por algo
4. teoría moderna…
¡Qué!, ¿a que pensabas que ya me había olvidado yo del blog, de la serie de criptografía y de todo?
Pues, honestamente, casi casi.
De todas formas la cosa urge y haber esperado me ha dado la posibilidad de poder probar lo que sigue para Mac, Windows y Linux, así que, bueno, cubrimos más campo. Hasta ahora, en esta serie, hemos hecho un brevísimo repaso de la criptografía en la historia, hemos visto cómo funciona un cuaderno de clave única, hemos insistido hasta la hartura en la idea de lo importante que es tener una clave (o frase: vamos a tener que empezar a llamarla así para no confundirla con las que siguen) segura y cómo conseguir una difícil de reventar y fácil de recordar, y hemos aprendido así por encima cómo funciona la criptografía de clave pública. Resumiendo, hemos estado dando un montón de vueltas sin terminar nunca de contar cómo diablos hacemos con un par de claves y para cifrar y firmar un correo electrónico.
Hay dos razones para haber dado ese rodeo: la primera es para darle un marco teórico al proceso y para que podamos comprender, mientras lo usamos, cómo funciona la maquinaria que hay por debajo y por qué es seguro. La segunda razón era por hacer bulto: por complicado que sonase todo la utilización es tan simple que cabe en un post cortito como va a ser este.
Después de todo ¿qué nos hace falta para usar un cifrado de clave pública? Pues en realidad, muy pocas cosas:
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1. Una cuenta de correo, evidentemente. Por ejemplo, de Gmail, aunque Gmail odie tanto que encriptemos nuestro correo.
2. Un gestor de correo. Precisamente porque Gmail odia que encriptemos el correo, nos hará falta un programa con el que enviar, recibir y leer correos. En Mac vale con el Mail que trae ya dispuesto. En Windows, Outlook sirve siempre que no sea el 2010. Si no queremos usar Outlook o Mail (o no podemos), la alternativa más razonable es el Mozilla Thunderbird, disponible para Windows, Linux y, también, Mac, por si alguien lo prefiere al Mail. Configurar el Thunderbird para que gestione una cuenta de Gmail (o de cualquier otro sitio) es bastante sencillo: se va al menú de Editar, luego a Ajustes de Cuentas, y se busca la opción de añadir una cuenta de correo. Thunderbird nos preguntará por el nombre que queremos mostrar, por la dirección de correo y por la contraseña, y ya estará listo para recibir y enviar correo desde ella (y se pondrá a bajar correos como loco, claro).
3. Herramientas para generar claves, encriptar y descencriptar: un pack de OpenPGP, que puede ser,
para Mac, GPGTools, disponible aquí https://www.gpgtools.org (la única complicación es que, si estamos usando un Mountain Lion 10.7.5, tendremos que descargar la actualización GPGMail-61n de https://nightly.gpgtools.org). Para Windows, Gpg4win, disponible aquí: http://gpg4win.org. Y para Linux, probablemente ni haga falta instalar ya nada, porque la gente de Linux siempre ha sido muy pro-encriptado. De no ser así, bastará con buscar algún paquete de software que contenga las palabras “OpenPGP”, y que en la descripción diga que puede generar y gestionar claves. Si estamos usando el Thunderbird, también necesitaremos instalarle una extensión, Enigmail, que integrará las opciones de encriptado y desencriptado.
4. Una vez tengamos el correo, el progama con el que queremos cifrar y descifrar y el software para ello, necesitaremos nuestro par de claves (la privada y la pública). En un Mac, usando Mail y GPGTools, buscaremos y abriremos el programa GPG Keychain Access, y le daremos a la primera opción, “Nueva”: esto hará que el ordenador se ponga a elaborar el par de claves, y que nos pregunte por la frase-contraseña de las mismas. Esta es la única contraseña que deberemos sabernos, así que me remito a lo que dije en el capítulo 3 de esta serie. O buscamos una contraseña fácil de recordar y segura, del estilo de cuatro palabras elegidas al azar, o le encargamos a algún programa como el KeePass que la recuerde por nosotros. Una vez hechas las claves veremos una línea en la lista de claves del GPG Keychain Access. Entonces podemos hacer clic con el botón derecho sobre ella y darle a la opción de Exportar a un servidor de claves. De este modo, cuando alguien quiera escribirnos y esté usando GPG Keychain Access, bastará con que en el menú Clave le demos a buscar una clave, y poniendo nuestra dirección de correo encontrará la clave pública, y cuando alguien nos busque podrá hacer lo mismo y encontrar ahí nuestra clave pública.
Si tenemos varios ordenadores y queremos usar la misma clave en todos ellos, deberemos exportar no sólo la clave pública, sino las dos, mediante el menú de exportar, marcando la opción de exportar también la clave privada. Es un buen momento para echarle un vistazo al par de claves en un editor de texto, si alguien quiere saber qué pinta tienen. Verá líneas y líneas de caracteres al azar, una maravilla. Pero a lo que íbamos: con ese archivo sí que hay que tener cuidado, tenemos que llevarlo al resto de ordenadores que tengamos de alguna forma segura (quiero decir, NADA de enviarlo por un correo electrónico o de copiarlo en Dropbox, aunque sí que podríamos meterlo en un archivo RAR cifrado con una buena contraseña o limitarnos a copiarlo en un pendrive). Después, en el gestor de claves, le damos a la opción de importar un par de claves, nos preguntará la frase-contraseña, y la guardará para poder usarla también en ese equipo.
5. Hecho esto, necesitaremos la clave pública del destinatario del correo. Para ello, o bien podemos buscarla en el servidor de claves, o bien pedírsela por un email sin cifrar, o bien decirle que la suba a alguna parte… da igual lo que hagamos con la clave pública: se llama así porque no importa que sea accesible. Cuando la tengamos, la importaremos en nuestro gestor de claves, y ya podremos usarla. Entonces nos vamos a nuestro programa de correo, escribimos el correo como si tal cosa, pero nos fijamos en que ahora tenemos más opciones: el Mail de Mac mostrará un icono para firmar y otro para cifrar, el Thunderbird un menú de OpenPGP y se seguridad o de Enigmail para hacer lo propio… y bastará con hacer clic en firmar y en encriptar, escribir el correo y darle a enviar. Y a esperar respuesta, que en cuanto llegue, como lo hará usando nuestra clave pública y la clave privada del remitente, podremos descifrar con su clave pública y nuestra clave privada. ¡Y ya estaremos comunicándonos de forma segura!
Luego siempre puede uno pasarse por Gmail, leer el correo y ver qué galimatías le estamos mostrando al mundo, donde antes podía leerse texto plano.
Mi primera crítica a la yugular, en LFO
por David en el jul.28, 2012, como reseñas
Cuando los Coyotes salieron de la imprenta y empezaron a recorrer mundo, fueron cosechando críticas que, si seguís este blog mío tan abandonado (cosa que prometo cambiar), fueron por lo general generosísimas. Pero claro, primero a uno le comentan conocidos, gente del círculo próximo, pero luego el libro se fue alejando y, cuando me lo criticaba gente absolutamente desconocida, me hice al a idea de que por fin me llegaría una crítica negativa. No fue así, todo el mundo siguió empeñado en echarle flores, y yo, en mi ansia de llevarme algún palo, por decir que me había llevado uno y poder por fin ejercer mi deporte favorito, que es quejarme, me desesperé un poco.
Pero no pasa nada: finalmente mi tocayo David Martínez ha venido al rescate y me ha dado mis primeros capones (aunque que nadie vaya a verme sangrar allí: no es que la crítica se resuma en “vaya puta basura de libro”, sólo, insisto, en que recojo allí mis primeros bofetones) en su blog, LFO, donde dice cosas como:
Para tratarse de una opera prima, la escritura es generalmente sólida. Da algunos bandazos entre la peóetica y la búsqueda de expresiones impactantes que no terminan de encajar bien en unos relatos que piden un lenguaje más llano, más cercano a la crudeza de lo que se narra. En este sentido, el tratamiento de la violencia y del sexo se ven afectados negativamente, ya que no terminan de dar ese salto que te haga estremecerte ante tanta barbarie.
Yo asiento: es cierto que a veces se me fue la mano del embadurnamiento excesivo, y quiero pensar que eso es lo que pasa por juntar cuentos escritos a lo largo de cuatro años. Lo de las escenas de violencia duele, pero tomo nota. Lo que no termino de entender es lo de las escenas de sexo, porque yo juraría no haber escrito ninguna. Voy a tener que releerme.
David se despide aclarando que pese a conocerme desde hace ya muchos años ha intentado ser objetivo. Yo hago lo propio asegurándole, desde aquí, que la próxima vez que vaya por la Costa Brava me llevaré el Colt. O quizá fuera mejor un duelo con sables, y le hacemos un homenaje a Los detectives salvajes, novela que, sospecho, nos ha cambiado la vida a ambos.
La crítica completa, aquí.
(Postdata: David, si me lees, por lo que más quieras, consigue el Of Breath and Bone de Be’lakor. ¡Hasta sueño con ese disco!)
Los Coyotes, en El viajero lento, con un montón de pistoleros más
por David en el jul.10, 2012, como reseñas, Sin categoría
Olvidé decir que Miguel Herranz Farelo, el viajero lento, dedicó unas palabras a Manual para coyotes, y ya puesto le dio un buen repaso a la literatura del género. De mi libro dice cosas como…
Lo hojeo y resulta que se trata de una colección de cuentos situados en el Lejano Oeste. El autor se llama David Ruiz. Un momento. ¿He leído David Ruiz? ¿Lejano Oeste? Aquí hay algo raro. Con la lectura de la solapa se confirman las sospechas que el nombre me había despertado en un primer momento: este tío no es de Arizona. Es de Madrid. Y encima, matemático.
Leo las dos primeras páginas del primer cuento (Los vencidos) y me convencen lo suficiente para gastarme los 13 eurillos que dan derecho a leer el resto. Esa misma noche, leída la página 106 y última del libro, me doy cuenta que la inversión ha merecido la pena, porque es uno de los libros que más me ha gustado en los últimos meses.
De los otros, leed el artículo completo aquí, malandrines, y lo sabréis.
Por lo demás todo bien. El primer borrador de la continuación del manual (continuación en el sentido de ir después, no de que siga su historia) va como al 20%. Cambia el entorno pero no las costumbres: ya me he cargado a tiro limpio, mayormente pero no siempre, a un buen puñado de seres, mayormente pero no siempre humanos, y he arrasado un bosque de doce mil años de antigüedad. Nieva y hace bastante frío, por lo que escribirlo en julio en Madrid está siendo contradictorio y refrescante. Me lo estoy pasando pipa.
Coda / Info / Variantes
por David en el may.24, 2012, como día a día, libro
A todo esto, si por algún misterioso azar a alguno os gusta el grupo, Gojira toca el sábado aquí en Madrid, en el Sonisphere 2012 (justo después de unos tales Metallica).
Y si no os gustan, siempre podéis pasaros de 19:30 a 21:00 por la caseta 184 de la Feria del Libro, donde estaré firmando el Manual para coyotes a las almas cándidas que se confundan con mi apellido y piensen que soy Ruiz Zafón.
La música como carrera
por David en el may.24, 2012, como día a día
Puedo ponerle fecha al momento exacto de mi vida en que la música empezó a gustarme: cuando un par de buenos compañeros del instituto me pasaron uno el New Jersey de Bon Jovi (no os riáis: a diferencia de miles de otros discos que he oído desde entonces, sigo pensando que ese es un discazo) y otro el disco negro de Metallica (y luego el …And Justice for All, el Master of Puppets y el Ride the Lightning: su gran obra completa, vamos), el Slave to the Grind de Skid Row, y sobre todo el Somewhere Far Beyond de Blind Guardian.
Antes, la verdad, no me gustaba casi nada de lo que oía. Como supongo que tantos otros jóvenes de por aquel entonces no tenía un gran acceso a la música nueva y la buscaba donde la ponían sí o sí: en la radio. Cuantas horas de esfuerzo invertí yo en los Cuarenta Principales, intentando que me gustase algo, encontrar algo que me emocionase como, por lo que veía, emocionaban algunas cosas de aquel lodazal musical a la gente de mi entorno y de mi edad.
Y no sé cómo, empezaron a lloverme aquellas cintas de casette mal grabadas con dobles pletinas, y entendí por fin que la música puede gustarle a uno, y si no toda, si algunas en particular.
Luego ya aprendí a escuchar los programas de radio correctos, a buscar por mí mismo, y seguí explorando, descubriendo, practicando aquellos pocos métodos que estaban disponibles por aquel entonces, antes del Torrent, del eMule, del AudioGalaxy y del bendito Napster. Escuchando, visitando tiendas, encontrando maravillas como el Revelation de Armored Saint a partir de su portada y de la épica del nombre.
Y por aquel entonces por lo visto era costumbre que a poco que a uno le entusiasmase la música, sobre todo algún tipo de música, intentase practicarla. Mi mentor musical, por ejemplo, empezó a tocar la batería en uno de aquellos grupos de adolescentes que a lo único que llegaron fue a broncas y separaciones, a trabajos y estudios incompatibles, a muertes perezosas o disoluciones corrosivas. Y me preguntó ¿y tú, nunca te has planteado intentar aprender a tocar un instrumento, entrar en un grupo?
Y lo cierto es que, aunque lo pensé, porque a mí me gusta pensar las cosas, sobre todo las que sé que son certezas, tuve muy claro que no. Afortunadamente mi educación musical nunca fue en la dirección de la música que luego escuché, habré cogido una guitarra como cuatro veces en mi vida y jamás me he sentado en el taburete frente a la batería, y le dije que no. Y me convencí de que había sido una buena idea cuando un par de años más tarde volví a encontrarme a mi mentor y me puse a hablarle de tal grupo, de tal otro grupo. El asentía, hasta que pregunté “¿y tú, qué andas escuchando ahora, qué has descubierto?”. “Nada. Entre ensayar y componer, no me da tiempo a escuchar nada”, me dijo, y me pareció lo más triste del mundo.
Después, con el tiempo y pese a ese miedo recurrente que me viene de vez en cuando de haber perdido la voracidad musical de por aquel entonces (y que siempre se revela hueco en cuanto me llega a los oídos una nueva obra maestra, que siempre llegan), he llegado a considerarme un buen oyente musical. Le pongo interés, le pongo ganas, sé distinguir cuándo el guitarrista apoya la mano de la púa en las cuerdas y cuándo hace el riff rasgueando hacia abajo y hacia arriba o sólo hacia abajo, distingo el sonido de una BC Rich, de una Fender, de una Jackson o de una Gibson (que por otra parte es inconfundible), conozco la historia del Mellotron y soy un fan incondicional de las canciones con tiempos raros (y si es en siete tiempos, mejor que mejor). Todo aquello empezó entonces y ha seguido a ratos siguiendo el ritmo de la adicción. Y creo que todo aquello fue posible porque, ocupado en escucharla, jamás tuve tiempo de ponerme a hacer música yo.
Por otra parte, y a diferencia (y perdonadme la falta de vanidad aquí) de lo que ha terminado pasando con al literatura, siempre me supe incapaz de hacer la música que me gusta. Por otra más, incluso dejando aparte la pereza del lento aprendizaje musical y de que hay que tener un talento innato para practicarla bien, siempre sentí algo de pena por esos artistas que componen una canción, la practican mil veces, la graban y luego se pasan toda la puta vida tocándola en directo. Si yo fuese Keith Richards y pese a ser maravillosa, a día de hoy le tendría un hartazgo infinito al Sympathy for the Devil.
Total, que me va muy bien no tocando nada, simplemente escuchando, con el oído atento y el vicio puesto. Y luego llega Gojira, uno de los grupos permanentes de mi voluble Top 5, y mientras graban el disco nuevo que sale este verano por fin, van y sacan una serie de vídeos de la grabación, entre el que incluyen éste:
La única vez en mi vida en que he sentido pena de no haber sido músico (con talento, claro) fue viendo ese vídeo.
Probablemente la música de Gojira no os guste: hacen algo que podría definirse con esfuerzo como trash metal progresivo. Da igual: no hay mucha música suya en el vídeo, sólo muestras de la grabación del disco (incluida una clase magistral de cómo usar un hueco de escalera y una puerta de emergencia como elementos de percusión), y Nueva York de fondo.
Y quería compartir el vídeo.
“La culpa la tiene John Ford”: mi entrevista en Qué Leer
por David en el may.11, 2012, como entrevistas, Sin categoría
Milo Krmpotic, ese hombre de apellido impronunciable, me ha hecho una entrevista que sale en la Qué Leer de mayo y que por fin he podido comprar esta mañana. Hasta la fecha, la entrevista más divertida que he hecho. Imaginad cómo será, que a la segunda pregunta ya va así la cosa:
El western es un género bastante más visto que leído, por lo menos de un tiempo a esta parte. ¿Sucede así con usted?
Sí, claro, pero la culpa la tiene John Ford. Si hubiera hecho películas a lo Billy Elliot en lugar de La diligencia, quizá yo hubiera terminado escribiendo sobre ballet.
Luego la cosa todavía da para llamarle (otra vez) Dios a Cormac McCarthy, sacar a colación la descacharrante película El bueno, el malo y el raro, de Kim Ji-woon, llamar filántropos a los personajes de Sam Peckinpah, dar un par de estupendas ideas para libros que no voy a escribir yo (incluyendo mención a mi pistolero favorito, Dallas Stoudenmire) y, en el resto de la página, hablar un poco del libro y mostrarme a lomos de una yegua que responde, que lo sepáis, al nombre de Lola (no os preocupéis si la foto se ve rara: la voy a colgar en el fotoblog en todo su esplendor en un rato).
La entrevista completa, en la página 75 de la revista, en vuestro kiosko de cabecera.
los coyotes, reseñados en Carrión
por David en el may.09, 2012, como reseñas
Carrión, el quincenal gratuito de Palencia y alrededores (nada que ver con Carry On, el himno de los pantalones apretados y el jebi de musculito aceitado rampante), me ha reseñado el libro, echándonos unas cuantas flores a la editorial y a mí:
El florilegio de raras exquisiteces en que poco a poco se ha ido convirtiendo el catálogo de Menoscuarto da a luz ahora, por tanto, a un nuevo miembro que cumple a la perfección con la premisa que parece conjurar a todos ellos: que la autenticidad inunde tus páginas; que ni las modas ni las tentaciones de lo fácil, de lo comercial, se apoderen de ti. Sólo así se explica que cometan la osadía de publicar un brillante debut que ni es autobiográfico, ni es novela histórica, ni está ambientado en la guerra civil española. Qué cosas.
La reseña completa, aquí.