una disculpa del canibalismo
por David, sep.01, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo
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A estas alturas, y por la cuenta que nos trae, supongo que todos debemos tener asumida la naturaleza del espaciotiempo.
Por ejemplo, si en el salón hay una mesa y la mesa tiene un pico, deberíamos tener claro que conviene no pasar por allí cerca arrimando tanto el riñón al pico que entre en acción el principio de Pauli entre los átomos de la mesa y los de nuestro costado.
Y si no, al menos todos deberíamos tener asumida nuestra torpeza con la naturaleza del espaciotiempo, que es lo que me pasa a mí, no (siempre) con la parte espacial, sino con la temporal.
El tiempo siempre me sorprende, quizá porque sea la dimensión más cómoda que manejar: puedes recorrerlo tirado en el sofá. Intenta en cambio recorrer el eje X, a ver qué haces cuando llegues a un acantilado o cuando la tangente de la superficie terrestre te obligue a caminar a varios palmos por encima del suelo. O peor, intenta recorrer el eje Z más allá del rango de alcances de un ascensor.
Así, suele sucederme que dejo pasar un día o dos, antes de hacer algo, y en cuanto me descuido (o quizá: en cuanto dejo de descuidarme) resulta que han pasado los días, los meses, los eones, juntos como chinches en la manta de uno de mis pobres Vencidos.
Pero no debería hablar de plagas de bichos, todavía: eso, un poco más abajo, en este mismo post.
El caso es que aquí tenemos estas palabras que escribo repiqueteante. Estaba yo con mi serie criptográfica, que me queda un post para terminarla, precisamente el que sirve para algo (el que dice cómo firmar y encriptar correos con la soltura de la rutina), y ya lo véis: en el limbo, sigue. El tiempo pasando en prietas filas, desfilando bajo el arco del reloj con los colores del doppler decorando sus extremos (¿y por qué sigue ahí? Probablemente porque sé qué dice, porque tengo claro qué va en ella. Escribir sabiendo lo que se va a escribir es, aquí, ciertamente aburrido y algo bastante poco habitual).
Y mientras, pasan cosas, claro. Por ejemplo, me fui de vacaciones, y recorrí cerca de 6000 kilómetros y del orden de mil fotos. Menos mal que está el fotoblog, que me deja ser más constante, y donde ya supongo que irá quedando claro, al aparecer fotos de Alemania, de Suiza (de Francia no esperéis ni una, eso sí. Ni de Austria: lugares de paso y de reflexiones cafeteras).
Y por ejemplo, Valentín se fue al campo, con mis padres, y ha vuelto con garrapatas y pulgas. Ayer unos amigos me mandaron un mensaje proclamándome Pier Nodoyuna, por tener un perro pulgoso.
Y por ejemplo-consecuencia del anterior, ayer tuvimos en casa una guerra química, un genocidio de bichos.
Pensaba yo, hace unos días, en uno de mis muchos momentos de tontería, qué pensarían de nosotros unos teóricos alienígenas hippies que amasen ante todo la vida. Lo pensaba al ver hormigas en la acera y al pensar cuántas no serán pisadas por mero accidente, sin voluntad hormiguicida (a los niños psicóticos dejémoslos al margen). Pensaba ¿dirían “¡qué lástima!”, o nos condenarían en un tribunal intergaláctico de asesinos en serie?
Pero volví a pensarlo anoche, frota que te frota en la ducha con un gel germicida (decían las instrucciones: frotar hasta que haga espuma, y yo me convertí en una nube tóxica blanca con ojos). Y pensaba que la vida, esa cosa que hippiescamente vemos como un don, una maravilla y el no va más, básicamente es el esfuerzo de todos los seres por comerse a los demás, lo que produce una suerte de balancín vital en el cual un bicho se come a otro y justo después es pisoteado por otro más grande.
Pensé que si los alienígenas hippies nos vieran, probablemente no se escandalizasen mucho porque cortemos a las vacas en filetes y a los tomates en rodajas, porque ellos también sufrirán de parásitos y plagas y algo deberán echarse a lo que tengan por gaznate.
Ergo probablemente les diera igual, y ergo probablemente el vegetarianismo, el veganismo y demás ismos culinarios pro-bichos sean absolutas incoherencias. Y terminé pensando, lavándome tras la tarde que pasamos en casa exterminando pequeños seres, maravillas evolutivas desarrolladas durante millones de años, que desde ese prisma no hay mucho que se le pueda reprochar al ser vivo que mata a otro ser, sobre todo si es con fines alimenticios o higiénicos.
Mirando hacia lo pequeño, por contrastar la nueva hipótesis mental, di así mi perdón a las difuntas pulgas y chinches que hicieron o intentaban hacer de Valentín su hogar y su merienda. Mirando hacia lo grande, por llevar la hipótesis al extremo y ver si se rompe, pensé en los caníbales y en los reductores de cabezas, y pensé si a los aliens, que quizá algún día nos observen desde sus ululantes naves-tapacubo de papel albal, no les importaría un rábano y les pareciese cosa normal que a algunos nos de por matar a otros y juguetear con los cadáveres. Y sentí que yo, a esas alturas de la batalla con la vida, veía el canibalismo desde otro prisma, no del convertido que planea empuñar cuchillo y tenedor y ver a que sabe un congénere, sino desde el que descreído del humanismo pensará “bueno: vida come vida” y se encogerá de hombros la próxima vez que lea una supuesta historia horrorosa sobre caníbales o balleneros japoneses.
O quizá sólo sea que Donald Ray Pollock me está afectando. A saber.
septiembre 1st, 2011 on 8:09
dí que sí, airea nuestra domesticidad
septiembre 1st, 2011 on 8:15
¡Eso esta tarde, después de aplicar el Dispositivo Solución Final y esperar a que pasen dos horas fuera de casa, mientras muere la fauna!
septiembre 1st, 2011 on 9:28
Se te echaba de menos. Y me alegro de que Ray Pollock te esté afectando.
X.