Archivo de noviembre, 2011
Pueblo vs Mercado
por David, nov.15, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo
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En estos tiempos que corren encender el televisor, mirar en internet más allá de páginas deportivas o de cine o de series o leer un periódico se están convirtiendo en un plato hecho a base de sólo dos ingredientes: masoquismo y depresión.
Sucede que el mundo entero está en una guerra que es probable que termine sin figurar en ningún libro de historia. Por un lado porque el contendiente más fuerte probablemente no querrá que se recuerde, y por otro porque, quizá, nosotros mismos, que ahora vemos como los acontecimientos se desenrollan en los diversos estilos de caída libre que cada uno tiene el gusto de adoptar, queramos terminar olvidando estos tiempos concretos, este paréntesis en el que quizá no demasiado conscientes de la fuerza de los engranajes que nos oprimen nos dimos cuenta del mordisco y del ataque y quisimos rebelarnos. Quizá algún día queramos olvidar estos tiempos porque todavía nos podemos permitir el lujo de la esperanza, y eso, cuando todo vaya mal, puede llegar a ser algo doloroso de recordar.
“Cuando parecía que sí”.
La cosa está tan mal que ni siquiera sabemos quién es el enemigo. “El Mercado”, dicen periódicos y políticos. “Los fondos de inversión”, dicen por ahí los economistas. ¿Y quiénes son esos?, se les pregunta, y ellos callan y ponen cara circunspecta. Sociedades que compran deuda de países. Por lo visto hasta ahora, mientras pagaran sus compras, a nadie le preocupó quiénes eran, para qué podían utilizar esa deuda o qué podría ir mal.
Este domingo pasado, por ejemplo, la televisión nos regaló un dulce envenenado. La parte del dulce es cortesía de Jordi Evolè, que tiene el que probablemente sea el mejor programa televisivo de la actualidad. El veneno lo ponía un tipo con el que hablaba a propósito de la crisis económica y de las elecciones que, el próximo domingo, celebraremos en nuestro país para cambiar la senda que conduce al desastre al que nos dirigimos a toda velocidad. En él un tipo de barba extraña, profesor de económicas en no-sé-qué universidad, decía que para qué votar, que votar era absurdo, que lo que había que hacer era un gobierno de circunstancias que le entregase el timón a los “técnicos” de la economía, que son los únicos que podrían salvarnos de la crisis que se nos está merendando vivos.
Que la democracia tal como la entendemos nosotros, los civiles y las víctimas colaterales de esta guerra, es una tontería.
El tipo, eso hay que reconocérselo, era un malabarista: por un lado obviaba a la gente de manera explícita, diciendo que cada cual, cada tragedia individual, cada ser humano en persona era, como ahora (y por ahora, y tiene pinta de que por bastante tiempo) sabemos que es su voto, algo prescindible y anecdótico. Por el otro, los técnicos (de la economía) no van sólo a salvar la economía, sino que nos redimirán a todos, cancelando nuestras tragedias individuales. Cuando conviene, por ejemplo a la hora de mostrar la zanahoria, somos gente, y cuando no conviene, por ejemplo cuando vienen con el palo, somos con suerte números y sin ella carne de hostia consagrada por un policía antidisturbios.
El tipo era un imbécil que se ha vendido a un enemigo cuyo rostro no vemos pero que resulta que nos posee, pues es dueño de nuestros bancos, de nuestras casas, de (al menos) nuestros principales partidos políticos apotronados, de nuestros gobiernos y de nuestros países: los fondos de inversión, amos de las deudas de nuestros países, antes, y ahora directamente de ellos. Pero hay que reconcer que tenía razón con respecto a esta democracia nuestra: votar es, en esencia, una tontería.
Mi generación ha crecido con la cantinela de que votar molaba, de que votar es un derecho y una obligación, algo esto último que, como es rotundamente falso, suele apostillarse con la palabra moral: votar es un deber moral. Esto nos cantaban nuestros padres, que votaron la Constitución, que profesan una fe inquebrantable hacia las siglas de sus partidos políticos y que vienen a formar, en su núcleo duro, esas mareas humanas que he leído llamar por ahí el voto zombie, aquellos a los que les trae sin cuidado qué barbaridades perpetre su partido, porque siempre existe el miedo a qué harán los del otro.
No son tontos, es sólo que ocupados con pesadillas apocalípticas sobre la media verdad del “qué harán los otros” olvidan las que están haciendo sus partidos, esos dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, que subsisten de eso, de sus masas de ocho millones de votantes más o menos fijos salvo descalabros puntuales (por ejemplo, hace falta que un partido en el gobierno mienta y manipule a la sociedad a costa de 100 muertos y pico para perder el poder, como el pasó al PP hace ocho años, y hace falta que un partido que incluye la palabra socialista en su nombre se pase cuatro años haciendo políticas de derecha y besándole los pies a una banca ladrona para que sufran el descalabro que van a sufrir este domingo que viene).
Y sin embargo el PP ni dejó de existir pese a que nos mintió descaradamente ni el PSOE lo hará pese a que ha traicionado a todo aquello en lo que sus votantes, supuestamente, creen. Más bien al revés, volvemos a escuchar la cantinela de la obligación moral. Y no precisamente porque se la apliquen con culpa, no: en lugar de eso, la moral nos implica a nosotros, que tenemos que votar, pero a quien se nos diga rutina, miedo o manipulación mediante. Ya se buscan las vueltas: por ejemplo el PSOE, que lo ve con razón muy negro, vuelve a entonar el cántico del voto útil, que consiste en decir que hay que votarles a ellos porque son los únicos que le pueden hacer frente al PP, que votar a otro partido es tirar el voto, y olvidan comentar que en primer lugar para que lo primero sea cierto deberían hacer políticas distinguibles el uno del otro, y en segundo lugar que eso es precisamente así por la ley de partidos que padecemos perpetuada por ellos dos, claros beneficiados a la hora de rentabilizar votos en escaños.
Mientras tanto la gente crítica desespera entre emitir un voto que cuente menos que los de nuestros políticos-sanguijuela o, directamente, mostrarles su rechazo no votando, votando en blanco o emitiendo un voto nulo, cosa que tampoco les importa mucho mientras no tengamos claro cuál de esas opciones les viene peor (es la última; es difícil encontrar alguien que lo tenga claro, lo que no deja de ser sintomático).
En cualquier caso al igual que los partidos se han alejado de la sociedad, la batalla que libran los dos dinosaurios por los asientos del congreso y el control del cuadro de mando les hace parecer bestias remotas luchando por algo que ya no existe, que en el forcejeo se meten a ciegas en el campo de minas que separa a los dos contendientes de esta guerra nuestra que, insisto, no deja de ser la de nosotros, el pueblo, contra la bestia escurridiza y todopoderosa, el Mercado. Y así resultará que el domingo que viene el PP vencerá en sus elecciones con mayoría absoluta y, entusiasmado por la victoria, tendrá que ponerse por la cuenta que le trae a las órdenes del Mercado, que a fin de cuentas será quien le mande, como el perro guardián que le tocará ser.
Observemos, porque supone un buen ejemplo de dominio de la bestia, a Silvio Berlusconi. ¿Quién era Berlusconi?: un italiano putero, chulo, mafioso y futbolero que, aficionado al poder y al fútbol, se hizo dueño del Milan, de televisiones y periódicos y, ya puestos, del gobierno de Italia. Perteneciendo a esa subespecie humana que ama el poder por encima de todas las cosas se aferró a su sillón contra viento y marea, pese a las cinco causas judiciales que aún tiene pendientes (o quizá también gracias a ellas, pues el poder le ha permitido ir redactando leyes que le iban exculpando mientras mandaba) y a la sucesiva alineación de escándalos con las que divide al mundo entre la risa y la incredulidad. Últimamente sólo conseguía mandar ya aliado con un partido de extrema derecha italiano, indiferente a todas las quejas contra él y a cualquier voz que pidiera su dimisión. Un momento, ¿a cualquiera? No: ha bastado que el enemigo misterioso, el Mercado, dijera que mejor sin él para que el bueno de Silvio, aunque a regañadientes, haya dejado el timón de Italia (y lo peor en estos casos, por lo visto para nada, porque la prima de riesgo de Italia crece como loca pese a la salida de Berlusconi).
Estos tiempos vivimos: comenzamos a entender la jerga económica, a incluirla en nuestras conversaciones. Antes uno entraba en un ascensor comentando si llovía o no. Llegados a este punto uno puede apretar el botón de la quinta planta mientras habla de diferenciales de la deuda pública.
Hace unos años, pocos, quizá el Mercado ya estuviese ahí, némesis de nuestros tiempos pero lejos, en abstracto, como concepto de los parquets bulsátiles del mundo: ahora ya no, ahora está aquí, chasqueando los dedos y haciendo que vanidosos governantes salten al vacío desde lo alto de sus tronos.
Desde luego no será Berlusconi quien nos vaya a dar pena: si bien lo suyo es un efecto a tener en cuenta lo es por lo extremo del alcance del tentáculo que, enrollándose en su tobillo, lo ha hecho caer, pero lo cierto es que la maraña tentacular se suele dedicar, por lo general, a joder a la gente que vive unos cuantos peldaños por debajo del escalafón donde se ubican los Primeros Ministros. Por ejemplo, tienden más a enroscarse en los cuellos de los cinco millones de parados que hay ahora mismo en el país, masa anónima e incomprensible por su tamaño (dividámoslos pensando en 50 Camp Nous repletos, en los pasajeros de 1400 Titanics, en la mitad de la población de Portugal), pero a la que a veces tenemos la oportunidad de examinar de cerca poniéndole, es un ejemplo de tantos, la cara de Victoria, una vecina de 86 años del barrio, enferma de cáncer y madre de un hijo discapacitado, a la que esta mañana un montón de policías, tras cortar la calle para que nadie molestase, ha deshauciado de su casa.
Todo esto mientras aún padecemos -aunque ya por última semana- el gobierno de un partido que insulta el concepto incluyendo en su nombre la palabra “socialista”: en estos tiempos Orwelianos que vivimos al partido socialista no le ha temblado el pulso a la hora de intentar bajarse los pantalones para facilitar la tarea del Mercado, y ahora le deja el puesto al Partido Popular, que como su propio nombre esconde no deja de ser el partido de las élites que, con tal de mantener la cabeza fuera del agua y las haciendas en orden recortarán los presupuestos por allá por donde menos lucen, privatizando empresas públicas, rescindiendo derechos sociales, vendiéndonos la sanidad y cortándonos una educación que, bien pensado y mirando para lo que nos sirve, quizá en el fondo tampoco haya servido de mucho hasta ahora.
La impresión general es la del que se desliza en tobogán hacia las llamas.
Y aquí estamos, sin saber qué hacer, sin saber si podemos hacer algo. Nos dicen que no, pero claro, ¿qué nos iban a decir, que nos estemos quietos, no vayamos a echar a perder el juego de los Mercados?
Y sólo nos queda votar el domingo a un partido de los pequeños, con la esperanza de que saque representación y así, al menos, haya alguien que se escandalice y proteste en el Congreso, o votar nulo, para no perjudicar a los partidos pequeños cuando pretendemos tocarles las narices a los grandes.
Y después, bueno, nos queda el #15M, tan inefable en lo que es como en lo que pretende, y por ello mismo (pues sus zonas difusas son, en realidad, sus mayores virtudes) difícil de combatir mediante los trucos habituales, que si una buena represión policial o una ley de partidos domesticados. Y quizá sea difícil hacer algo pero, la idea es la misma que la del voto del domingo, al menos seguro que le quedará claro al Mercado, sea quien sea, que nos tiene hasta los cojones.