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para la reunión de citadores anónimos

por David, mar.13, 2012 | el mecanismo del mundo, libro, Sin categoría

Hay un libro de Onetti, cuyo título no recuerdo y que no terminé de leer porque, sospecho, no soy el target ideal del lector de Onetti, del que en cambio sí recuerdo que empezaba con una cita majestuosa, algo con párrafos, diálogos, sangrías varias y en versión original en francés sin subtítulos, y recuerdo también que cuando abrí el libro y lo vi silbé admirado, porque a mí siempre me han maravillado las citas de los libros, y aquella era realmente una cumbre en el arte de la cita, de puro bonita (visualmente: con el francés me pierdo, es lo que tiene no entenderlo precisamente bien).

Me pongo en pie, os saludo, hola, y confieso: soy un adicto a la cita.

Como casi toda mi vida en el ámbito de la literatura ha transcurrido en la trinchera del lector, por lo general me limitaba a admirarlas, o padecerlas, o mirarlas guiñando los ojos cuando alguien, como Onetti (o su editor, o casi yo, aunque la mía en que va en francés sí que la entiendo) decidían ponerla en francés y no traducirla. Como de un tiempo a esta parte he hecho mi pequeña incursión en la trinchera de enfrente, la del escritor (pero que nadie se alarme: mi trinchera, ante todo, es la de siempre, que uno no va a ponerse a dejar de leer, que el vicio no se quita ni con mezclas de aguarrás y Stieg Larsson), por fin he podido autoinfringirme mi propia dosis de citas, y cumplir así un pequeño, modesto y local sueño en las márgenes del sueño descomunal e increíble de que a uno le publiquen un libro.

Como, encima, el libro es formalmente un libro de relatos, se prestaba mucho a esto del citar. Casi todos los cuentos llevan su cita. Y creo que quizá sea buena idea explicarlas.

Fue en el Bremen donde me empecé a tomar esto de escribir realmente en serio (no siempre), e incongruentemente donde solía tomarme las citas a chufla (tampoco siempre). Allí me aficioné a buscar citas pretenciosas y/o absurdas y si podía ser ambas cosas, para colocarlas, a modo mitad de rompehielos y mitad de distracción, en la cabecera de los relatos. Yo no tengo un archivo de citas o soy una enciclopedia con patas, como algún tipo que conozco (ejem), por lo que, por lo general, para buscar una cita no suele quedarme otro remedio que documentarme, tirar de Google, o de Wikiquote, o de esos conocimientos absurdos que uno se tiró años metiendo en el cerebro considerando que así perdía el tiempo y que ahora, así, uno puede pretender rentabilizados sin creerse en absoluto, como pasa con las letras de esos grupos de gritones con pintas que me gusta tanto escuchar. Otras veces sentí que una cita era una manera de homenajear a su autor (o a lo que dice), y he probado a hacer lo mismo.

En el libro, evidentemente, decidí prescindir de las citas a chufla, porque no pegaban con el texto. Todo lo que hay en él es o bien un foco de luz que ilumina un detalle ajeno que, magia de la cita, pretendo apropiarme, o viene más o menos a cuento, escribo con miedo, atento al peligro de ese más o menos, que puede perfectamente ser menos para uno y más para otro. En ese sentido nunca vi posible empezar con otra cita que no fuese la que abre el libro como conjunto, musical ella, y título de canción, en realidad, porque el grupo, Russian Circles, es instrumental. Pero uno no puede evitar estar escribiendo un libro del oeste y pensar mucho en ese título que reza “Death rides a horse” (“la Muerte monta un caballo”, podría significar, o “la Muerte cabalga a caballo”), y dejar al lector ante el libro, advertido ya, con la tarea de encontrar ese jinete.

No fue intencionado, aunque sí en parte una declaración de intenciones, que el relato que abre el libro, el confuso y cuajado de personajes Los vencidos, sea de Pantera: cuando lo escribí estaba escuchando mucho ese disco, pero lo que me llamó la atención aquí fue la letra. Musicalmente nunca sentí muy propios del libro ni el barroquismo sucio y contundente de Pantera ni los ritmos elaborados y limpios de Russian Circles. Pero escuché (a duras penas, porque en esa estrofa Phil Anselmo, el que fuera cantante de Pantera, se esfuerza mucho y bien en resultar incomprensible) esa estrofa y vi ese sur perdedor, perdido, ese punto de fuga, esa partida perfecta para esa cuadrilla de personajes míos. “If I hit bottom /
and everything’s gone / in the great Mississippi / please drown me and run” (“si toco fondo / y todo está perdido / en el gran Mississippi / ahógame y huye”). Nadie ahoga a nadie en el Mississippi, en el relato. Pero sí que corren, y dejan detrás al que cae.

El siguiente relato, uno de los más populares, es Póquer, y habla de un vencedor y un perdedor natos. Y de póquer, claro. Ahí sí que me documenté hasta el punto de lo vicioso, y finalmente descubrí a Amarillo Slim y a Doyle Brunson, los grandes del Texas Hold’em en Las Vegas en los años sesenta o setenta del siglo pasado. Y la cita de Amarillo Slim me pareció tan sabia y tan conocedora tanto de la condición humana como del póquer que también fue inevitable decidirse por ella: “anybody who says he is [a winner] is either a liar or doesn’t play poker” (“cualquiera que diga que es [un ganador], o es un mentiroso o no juega al póquer”). La cita me gusta, aparte de por el relato que sigue y por sus implicaciones, sobre todo porque quien la dice, a fin de cuentas, era uno de los ganadores más habituales, y como tal es un ejemplo de humildad, esa virtud tan sobrevalorada pero virtud a fin de cuentas, y también porque, bien mirada, en parte dice que uno puede decirlo y ser un jugador de póquer mentiroso, sin darle más importancia, y como tal es un ejemplo de engaño, ese don tan útil en el póquer.

Otro relato se abre con unos versos de Francis Bret Harte, a quien llegué en el momento más yonqui de mi labor documentadora. Harte era un poeta de la época y del lugar, un poeta que vivía y respiraba y escribía sus versos en el mismo mundo que yo he intentado reconstruir. Qué menos que incluirle en eso que dice de “and then, for an old man like me, it’s not exactly right, this kind o’ playing soldier with no enemy in sight” (“y entonces, para un viejo como yo, no está del todo bien este juego del soldado sin enemigo a la vista”). Recuerdo que esta fue una de esas citas que, de hecho, llegó antes que el relato que introduce, e hizo arder la chispa de la idea del cuento que presenta a la pobre Elaine Jansen en forma del pistolero viejo y apestoso al que conoce en esas páginas.

El siguiente cuento, con otra protagonista femenina a la que le va todavía peor, la pobre Colette, sí que incluye una cita probablemente bastante críptica, tanto que ni la voy a traducir (sólo diré que dice algo de cadáveres, de la montaña de los dioses, de rostros pálidos y cráneos agujereados: bien pensado, le pega bastante al cuento). La canción es de Old Man Gloom, que en rigor fue el grupo que le puso banda sonora a casi todo el libro mientras lo escribía. Ni Morricone ni leyendas del género: la música que yo no podía empezar a escuchar sin oler el peligro y la pólvora oliéndose mezclados en el viento frío y cruel que irrumpía de pronto en mi cabeza y en la punta de los dedos era Old Man Gloom, casi siempre el disco que se llama Christmas, y que es una obra maestra tan propia que hasta tiene sus parajes desérticos, con ruido y estática en lugar de cáctus y desierto o llanura sin fin, eso sí. Esta canción, a mí, me lleva ahí, de cabeza, a ese mundo, a ese tiempo:

Old Man Gloom – Gift

El que sigue en la lista de citados es Ned Kelly, un forajido en realidad australiano, que justo antes de ser ahorcado tuvo el valor de plantarse ante jueces y verdugos y espetarles “I will see you where I go” (“os veré ahí donde voy”). La imagen del pistolero aceptando así el infierno y, encima, haciendo amenazas aún en ese trance me parece bestial.

Después es el turno del New York Times. La noticia que prorroga al relato sobre Alexander Keith McClung es verídica. El cuento es básicamente la dramatización de uno de los duelos de McClung, pero realmente existió el personaje -que era poeta también, por cierto, y por eso le conocí, aunque de este no pude rescatar versos para el libro-, y mató en duelo, por una estupidez, a un amigo suyo y a sus seis hermanos, en riguroso turno.

En el cuento siguiente sale Bolaño porque pensé que jamás me perdonaría escribir un primer libro sin que apareciese su nombre por algún lugar. Cuando en el poema Los hombres duros no bailan leí eso de “el alcalde es infame y el sheriff es un hijo de puta y las cosas van de mal en peor” ya tuve excusa. Hasta por un tiempo consideré llamar así al libro, “los hombres duros no bailan”. Pero me pareció que mi libro no iba de bailes. Calla, no me digas nada de coyotes ni de manuales, que te veo venir.

El cuento de Molly, uno de mis favoritos, fue el primero que escribí sin pensar en llevarlo al Bremen. Acababa de decidir que efectivamente iba a intentar escribir un libro, y que podía escribir directamente para él. Tenía sus ventajas, eso, por ejemplo de espacio. En el taller teníamos una limitación de longitud del texto, por no eternizarnos leyendo, y ese cuento fue el primero que afronté sin límite ni frontera, casi como la pradera por la que viaja Warren Fournier. Recuerdo que cuando me levanté de la silla miré cuánto llevaba escrito. Acababa de terminar de plasmar lo que para mí era la idea inicial del cuento, y ya me había pasado del límite habitual. Y todavía me quedaba resolver el cuento: ese fue un momento súbitamente feliz. Y fue aquí donde me di yo mi momento de cita a lo Onetti, pasándome al francés, con eso de “c’est nous qui formons les plaines de morts et les fleuves de sang”, que significa “somos nosotros los que llenamos las praderas de muertos y los ríos de sangre”. La firma Henri Barbusse, que pese a lo apropiado de sus palabras no era un pistolero del far west, sino un comunista francés de entreguerras, que escribió esas palabras desesperado por lo que había visto durante la Gran Guerra.

A partir de aquí hay un páramo en el citado que se extiende hasta el penúltimo cuento, que fue el primero que escribí. En el Gerald Hausman, un estudioso y defensor de los lobos, dice “we humans fear the beast within the wolf because we do not understand the beast within ourselves”. En ese relato hay lobos, y sendas bestias, de maneras y modos muy distintos, dentro de los dos protagonistas del cuento. Encontrada esa cita fue inevitable encaramarla en lo alto de ese relato.

Y en el último cuento fue donde padecí mi más grande quebradero de cabeza a la hora de buscar y poner citas. Como se ve hasta ahora mi idea fue dejar cada cita en su idioma original, y fiarme de que mucha gente sabe inglés y de que la que está en francés más o menos se entiende sin mucha complicación. Pero con esta cita tenía un problema, pues viene de la Biblia, libro del que hablar de la versión original sería adentrarse en los terrenos de la fabulación si no se partiera ya de ella. O dos problemas, porque aunque ante esa disyuntiva me sentía medio obligado a acudir a la versión española, resultó que esta no me valía, a diferencia de la inglesa. Esta, que cierra el círculo que abría trece relatos antes la de Russian Circles, nos devuelve a la muerte, en esos versos de las revelaciones que dicen “and I looked, and behold a pale horse: and his name that sat on him was Death, and Hell followed with him”, que en español se traduce como “miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía”, pero que del inglés yo traduciría como “y miré, y contemplé un caballo pálido: y el nombre de su jinete era Muerte, y el Infierno le seguía”. Porque yo no sé qué color será más fiel al original de la Biblia para el caballo, si el pálido de la inglesa o el amarillo de la española, pero un caballo amarillo se me antoja ridículo y digno sólo, digamos, de D’artagnan al principio de su libro, y por otra parte si se le cambia el color se pierde toda la referencia al Jinete Pálido y, con él, a Clint Eastwood, que aunque sea así de refilón también debía figurar en el libro. Y por eso y por su pésima calidad literaria finalmente la versión española fue descartada y el caballo que cabalga la encarnación más fiel de la Muerte que contiene mi libro no es amarillo, sino pálido, del color exacto que tiene un caballo blanco cuando cabalga días y días por caminos polvorientos en pos de la siguiente presa, jamás de la última.


8 Respuestas

  • Portorosa

    ¡Oh, gran post!
    Que ha hecho que me entren las ganas de (re)leer el libro.

    (Ah, ya hay un libro titulado “Los tipos duros no bailan”)

  • David

    Ay, me alegro de que te haya gustado, porque escribía en parte con un runrún en la cabeza que decía (venga, escribe, ¡que Porto vea que sigues vivo!).

    ¡Y relee, relee! A mí releer me encanta (aunque yo creo que este voy a pasar de releerlo en un tiempo, que a fin de cuentas ya me lo sé bastante bien).

    ((Y vamos a llegar al momento en el que o titulamos con cosas como “fmn42TRt·d34$”, o todos los títulos van a estar ya cogidos))

  • Vanbrugh

    Lo siento, “fmn42TRt·d34$” también está ya cogido. De hecho es la contraseña de mi Wifi.

  • David

    Vaya hombre.

    Pues entonces a titular cual Miró cuando se pone espléndido (y como el prota de La Información, de Martin Amis), sin título.

  • Portorosa

    Pero este es famoso, es uno de Mailer. Y además buenísimo, claro.

    Se agradece.

  • Portorosa

    Pero este es conocido, que es de Mailer. Y buenísimo, además.

    Se agradece el detalle.

  • Lehmming

    Para tu última cita podrías haber seguido tirando de música y coger el “When the man comes around” de Johnny Cash que comienza recitando esa parte de la biblia que tú comentas y el “pale horse”. Pero claro, citar la biblia en sí misma ya es algo diferente que citar una canción del Man in Black

  • David

    Bueno Lehmming, uno cita con lo que conoce o con lo que Tío Google, ese incontinente de memoria abigarrada, le lleva a conocer, y Johnny Cash, película y par de canciones al margen, es un perfecto desconocido para mí. Y cerrar con esa simetría y refiriéndome al Apocalipsis y homenajeando a Clint Eastwood me sigue pareciendo el fin de fiesta perfecto.

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