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Archivo de abril 11th, 2012

literatura sincera

por David, abr.11, 2012 | el mecanismo del mundo

Ayer, por razones muy largas como para explicar aquí sin tirarme un buen rato más del que preveería si estuviera yo como para preveer duraciones de ratos, asistí a un evento extraño en el que alguien, que había escrito un libro, admitía que había sido muy sincero en el libro.

Permíteme un rodeo para situar la escena: el libro va de la vida del autor, y además al autor no le sienta muy bien que le llamen autor, porque dice no verse como, digamos, novelista, como escritor de los de toda la vida.

Y ahora permíteme que saque la tijera y ampute el contexto, porque entiendo que ser sincero es algo que puede ser bueno cuando uno, como era el caso, escribe un libro autobiográfico, porque no todo el mundo es Roberto Bolaño, y puede construir con su vida una mitología que se mezcle con ella hasta fundir las raíces de la sangre y las letras.

Estábamos ahí, y el escritor admitió su sinceridad, y sonrió. Yo me acordé de uno de los escasos mantras literarios que me permite mi mala memoria, esa cita de Martin Amis en La información (libro sobre escritores, por cierto), donce dice “todo escritor es en esencia un mentiroso”. En un arrebato que nada tenía que ver con llevarle la contraria al autor que no quiere llamarse autor (pero bueno, que se aguante, que no hubiera escrito, ¿no?), lo expresé en Twitter, diciendo:

Pero creo que el tema da para más de 140 caracteres, y aquí estamos.

Pensando en ello me pareció evidente que escribir es mentir, y que lo de Amis es una tautología: cuando uno escribe se inventa cosas, y las presenta como si fueran sucesos reales, que aunque suelen pretender serlo sólo en el contexto del mundo que aloja la invención, pasan, traen consecuencias, y se ven inmersos en cadenas de acontecimientos que, de manera más o menos cotidiana, pretenden parecerse a las cadenas de acontecimientos que detectamos o a veces pretendemos detectar en este mundo nuestro, el real. Cuando un personaje de un libro cae por un precipicio sabemos que no es bueno, precisamente porque en el mundo real no lo es, y por eso el autor suele hacer que no sea bueno: para intentar convencernos de que lo que sucede es real.

Naturalmente nadie se lo cree, realmente, en la inmensa mayoría de la ficción: yo de pequeño sabía que no existían Los Cinco de Enyd Bliton en el mundo real, pero me daba igual, me preocupaba por ellos, seguía sus aventuras con contrabandistas y sus festines de pastel de carne y cerveza de genjibre, como buen lector, y envidiaba a esos niños que iban en barcas a su isla, se perdían por túneles, pasaban peligros, iban a todas partes en bici, y lo pasaban tan bien. Les envidiaba y me interesaban sus peripecias, aún sabiendo que no eran reales, hasta el punto de recordar como si fuera ayer la primera vez que leí un libro en el que el protagonista moría en mitad de la narración. Todo esto sucede, repito la invocación a Amis, porque el escritor (la escritora, aquí) nos miente, sí, pero en realidad esa sólo es la mitad del negocio, que pese a ser la que más trabajo lleva (porque es más difícil escribir un libro que leerlo y, en términos generales, casi todo el mundo ha leído bastantes más libros de los que ha escrito, con alguna chanante excepción) es la que menos me sorprende a mí, porque del otro lado está el lector.

Porque nosotros, lectores que somos, cogemos algo que sabemos que es falso, y aunque lo sabemos falso, rendimos nuestra certeza para fingir que el libro es cierto, y cuando el libro es bueno o, más probablemente, cuando nos llega (porque hay quien sucumbe a esto leyendo, qué sé yo, a Ken Follet), nos lo creemos, lo vivimos, decimos a veces, lo que significa que le damos vida, fingiendo creer, jugando con él.

Es decir, cogemos un objeto cuyo fin evidente es engañarnos, y decimos “de acuerdo, engáñame, voy a tratar de dejarme”. Y a veces lo logramos, y a veces resulta dolorosísimo que el autor de pronto meta la pata y nos saque del engaño y nos sintamos como si en mitad de una obra de teatro se cayese el decorado y diesen todas las luces y los actores pretendieran seguir como si tal cosa. Porque queremos que el engaño dure hasta la última página.

Eso es, para mí, lo más grande de la literatura, la construcción de ficciones que el autor finge vivas y a las que el lector hace vivir. Eso es, para mí, el baile. Contar la vida, entonces, tal cual fue, con más o menos arte o gracia, puede ser cojonudo, puede ser muy bonito, puede hasta ser fascinante, cuando uno es, qué sé yo, Robert Capa y está escribiendo sus memorias. Pero es bailar sentado, y a lo más que puede aspirar es a que, al terminar de leer la sinceridad de alguien, podamos cerrar el libro y decir “maravilloso: parecía una novela”.

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