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Wilke-Barres

por David, may.28, 2011 | ajedrez


Vamos a darnos un respiro con la criptografía y vamos a rendirle homenaje a una ciudad sucia y fea y a un cura.

Wilke-Barres es una pequeña ciudad de Pensilvania. Fue fundada en 1769, y tiene alrededor de 50.000 habitantes. La HBO nació allí, cuando en 1972, 365 personas fueron las primeras en recibir su señal. También nació allí el bingo moderno, leo con cierto pasmo. No es una ciudad rica (Michael Moore habla de su economía con saña en Capitalism: A Love Story) ni una ciudad bonita. Leo todo eso en la Wikipedia, pero no leo que la ciudad tenga ninguna estatua erigida en honor del cura polaco Karel Traxler.

Debería.

El cura polaco ganó cierta fama a finales del siglo XIX y principios del XX por una especie de manía temeraria y suicida que le hizo ganarse el estigma de loco y que se catalogó como una anomalía simplemente curiosa. Hasta que llegaron los fans de Wilke-Barres, Pensilvania, y adoptaron como propia la manía suicida del padre Traxler.

Los fans de Wilke-Barres eran los miembros de su club de ajedrez, y Traxler, aparte de cura, era ajedrecista. La variante conocida como Traxler (por su creador) o Wilke-Barres (por sus entusiastas seguidores) es probablemente la cosa más caótica, sangrienta, salvaje y cafre que puede hacerse en un tablero de ajedrez. Yo la descubrí harto de que el listillo de turno me comiese una torre en el 6º movimiento. El listillo comienza abanzando su peón de Rey, cuando se le responde haciendo simetría abanza el caballo de rey atacando el peón negro, después de que las negras lo defiendan moviendo un caballo lanzan su alfil de casillas negras a la 4ª fila, y después avanzan el caballo que, prácticamente indefendible, pinza en el sexto movimiento la reina y la torre. Y se merienda la torre.

Yo lo sufrí unas cuantas veces hasta que buscando por ahí di con los nombres de la variante de los alegres temerarios. Y no siempre sale, porque del caos que se genera no siempre es fácil salir con la yugular intacta, pero como más gente conoce el truquito de lanzar el caballo a por la torre que la variante que propuso el cura polaco, a veces uno termina viendo como una partida se desarrolla así…

(sale como termina: dale a las dos flechitas hacia la izquierda para ir a la primera jugada, y luego la flechita hacia la derecha mueve una pieza)

Claro que Traxler lo jugaba mejor. Al margen de la ida de pinza que tuvo su rival en los movimientos seis y siete (hay que comprenderle: ¿cómo podía esperar él lo que se le venía encima?), y que en cualquier caso no tiene solución trivial (comerse el alfil suicida es muy mala idea), esta fue la primera vez que jugó su variante:

Y yo creo que aunque no fuera por el contraataque que inventó, sólo por el movimiento 14 de esta partida en la que termina con las blancas por delante por un peón, dos caballos y una torre, por ese “¿la reina? ¿Para que voy a comerme la reina, qué falta hace?”, ese hombre se merece una estatua y un pedazo de aplauso.

Gracias, señor Traxler. Hizo usted del ajedrez un mundo mucho más hermoso (y salvaje).

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