día a día
Pueblo vs Mercado
por David, nov.15, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo
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En estos tiempos que corren encender el televisor, mirar en internet más allá de páginas deportivas o de cine o de series o leer un periódico se están convirtiendo en un plato hecho a base de sólo dos ingredientes: masoquismo y depresión.
Sucede que el mundo entero está en una guerra que es probable que termine sin figurar en ningún libro de historia. Por un lado porque el contendiente más fuerte probablemente no querrá que se recuerde, y por otro porque, quizá, nosotros mismos, que ahora vemos como los acontecimientos se desenrollan en los diversos estilos de caída libre que cada uno tiene el gusto de adoptar, queramos terminar olvidando estos tiempos concretos, este paréntesis en el que quizá no demasiado conscientes de la fuerza de los engranajes que nos oprimen nos dimos cuenta del mordisco y del ataque y quisimos rebelarnos. Quizá algún día queramos olvidar estos tiempos porque todavía nos podemos permitir el lujo de la esperanza, y eso, cuando todo vaya mal, puede llegar a ser algo doloroso de recordar.
“Cuando parecía que sí”.
La cosa está tan mal que ni siquiera sabemos quién es el enemigo. “El Mercado”, dicen periódicos y políticos. “Los fondos de inversión”, dicen por ahí los economistas. ¿Y quiénes son esos?, se les pregunta, y ellos callan y ponen cara circunspecta. Sociedades que compran deuda de países. Por lo visto hasta ahora, mientras pagaran sus compras, a nadie le preocupó quiénes eran, para qué podían utilizar esa deuda o qué podría ir mal.
Este domingo pasado, por ejemplo, la televisión nos regaló un dulce envenenado. La parte del dulce es cortesía de Jordi Evolè, que tiene el que probablemente sea el mejor programa televisivo de la actualidad. El veneno lo ponía un tipo con el que hablaba a propósito de la crisis económica y de las elecciones que, el próximo domingo, celebraremos en nuestro país para cambiar la senda que conduce al desastre al que nos dirigimos a toda velocidad. En él un tipo de barba extraña, profesor de económicas en no-sé-qué universidad, decía que para qué votar, que votar era absurdo, que lo que había que hacer era un gobierno de circunstancias que le entregase el timón a los “técnicos” de la economía, que son los únicos que podrían salvarnos de la crisis que se nos está merendando vivos.
Que la democracia tal como la entendemos nosotros, los civiles y las víctimas colaterales de esta guerra, es una tontería.
El tipo, eso hay que reconocérselo, era un malabarista: por un lado obviaba a la gente de manera explícita, diciendo que cada cual, cada tragedia individual, cada ser humano en persona era, como ahora (y por ahora, y tiene pinta de que por bastante tiempo) sabemos que es su voto, algo prescindible y anecdótico. Por el otro, los técnicos (de la economía) no van sólo a salvar la economía, sino que nos redimirán a todos, cancelando nuestras tragedias individuales. Cuando conviene, por ejemplo a la hora de mostrar la zanahoria, somos gente, y cuando no conviene, por ejemplo cuando vienen con el palo, somos con suerte números y sin ella carne de hostia consagrada por un policía antidisturbios.
El tipo era un imbécil que se ha vendido a un enemigo cuyo rostro no vemos pero que resulta que nos posee, pues es dueño de nuestros bancos, de nuestras casas, de (al menos) nuestros principales partidos políticos apotronados, de nuestros gobiernos y de nuestros países: los fondos de inversión, amos de las deudas de nuestros países, antes, y ahora directamente de ellos. Pero hay que reconcer que tenía razón con respecto a esta democracia nuestra: votar es, en esencia, una tontería.
Mi generación ha crecido con la cantinela de que votar molaba, de que votar es un derecho y una obligación, algo esto último que, como es rotundamente falso, suele apostillarse con la palabra moral: votar es un deber moral. Esto nos cantaban nuestros padres, que votaron la Constitución, que profesan una fe inquebrantable hacia las siglas de sus partidos políticos y que vienen a formar, en su núcleo duro, esas mareas humanas que he leído llamar por ahí el voto zombie, aquellos a los que les trae sin cuidado qué barbaridades perpetre su partido, porque siempre existe el miedo a qué harán los del otro.
No son tontos, es sólo que ocupados con pesadillas apocalípticas sobre la media verdad del “qué harán los otros” olvidan las que están haciendo sus partidos, esos dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, que subsisten de eso, de sus masas de ocho millones de votantes más o menos fijos salvo descalabros puntuales (por ejemplo, hace falta que un partido en el gobierno mienta y manipule a la sociedad a costa de 100 muertos y pico para perder el poder, como el pasó al PP hace ocho años, y hace falta que un partido que incluye la palabra socialista en su nombre se pase cuatro años haciendo políticas de derecha y besándole los pies a una banca ladrona para que sufran el descalabro que van a sufrir este domingo que viene).
Y sin embargo el PP ni dejó de existir pese a que nos mintió descaradamente ni el PSOE lo hará pese a que ha traicionado a todo aquello en lo que sus votantes, supuestamente, creen. Más bien al revés, volvemos a escuchar la cantinela de la obligación moral. Y no precisamente porque se la apliquen con culpa, no: en lugar de eso, la moral nos implica a nosotros, que tenemos que votar, pero a quien se nos diga rutina, miedo o manipulación mediante. Ya se buscan las vueltas: por ejemplo el PSOE, que lo ve con razón muy negro, vuelve a entonar el cántico del voto útil, que consiste en decir que hay que votarles a ellos porque son los únicos que le pueden hacer frente al PP, que votar a otro partido es tirar el voto, y olvidan comentar que en primer lugar para que lo primero sea cierto deberían hacer políticas distinguibles el uno del otro, y en segundo lugar que eso es precisamente así por la ley de partidos que padecemos perpetuada por ellos dos, claros beneficiados a la hora de rentabilizar votos en escaños.
Mientras tanto la gente crítica desespera entre emitir un voto que cuente menos que los de nuestros políticos-sanguijuela o, directamente, mostrarles su rechazo no votando, votando en blanco o emitiendo un voto nulo, cosa que tampoco les importa mucho mientras no tengamos claro cuál de esas opciones les viene peor (es la última; es difícil encontrar alguien que lo tenga claro, lo que no deja de ser sintomático).
En cualquier caso al igual que los partidos se han alejado de la sociedad, la batalla que libran los dos dinosaurios por los asientos del congreso y el control del cuadro de mando les hace parecer bestias remotas luchando por algo que ya no existe, que en el forcejeo se meten a ciegas en el campo de minas que separa a los dos contendientes de esta guerra nuestra que, insisto, no deja de ser la de nosotros, el pueblo, contra la bestia escurridiza y todopoderosa, el Mercado. Y así resultará que el domingo que viene el PP vencerá en sus elecciones con mayoría absoluta y, entusiasmado por la victoria, tendrá que ponerse por la cuenta que le trae a las órdenes del Mercado, que a fin de cuentas será quien le mande, como el perro guardián que le tocará ser.
Observemos, porque supone un buen ejemplo de dominio de la bestia, a Silvio Berlusconi. ¿Quién era Berlusconi?: un italiano putero, chulo, mafioso y futbolero que, aficionado al poder y al fútbol, se hizo dueño del Milan, de televisiones y periódicos y, ya puestos, del gobierno de Italia. Perteneciendo a esa subespecie humana que ama el poder por encima de todas las cosas se aferró a su sillón contra viento y marea, pese a las cinco causas judiciales que aún tiene pendientes (o quizá también gracias a ellas, pues el poder le ha permitido ir redactando leyes que le iban exculpando mientras mandaba) y a la sucesiva alineación de escándalos con las que divide al mundo entre la risa y la incredulidad. Últimamente sólo conseguía mandar ya aliado con un partido de extrema derecha italiano, indiferente a todas las quejas contra él y a cualquier voz que pidiera su dimisión. Un momento, ¿a cualquiera? No: ha bastado que el enemigo misterioso, el Mercado, dijera que mejor sin él para que el bueno de Silvio, aunque a regañadientes, haya dejado el timón de Italia (y lo peor en estos casos, por lo visto para nada, porque la prima de riesgo de Italia crece como loca pese a la salida de Berlusconi).
Estos tiempos vivimos: comenzamos a entender la jerga económica, a incluirla en nuestras conversaciones. Antes uno entraba en un ascensor comentando si llovía o no. Llegados a este punto uno puede apretar el botón de la quinta planta mientras habla de diferenciales de la deuda pública.
Hace unos años, pocos, quizá el Mercado ya estuviese ahí, némesis de nuestros tiempos pero lejos, en abstracto, como concepto de los parquets bulsátiles del mundo: ahora ya no, ahora está aquí, chasqueando los dedos y haciendo que vanidosos governantes salten al vacío desde lo alto de sus tronos.
Desde luego no será Berlusconi quien nos vaya a dar pena: si bien lo suyo es un efecto a tener en cuenta lo es por lo extremo del alcance del tentáculo que, enrollándose en su tobillo, lo ha hecho caer, pero lo cierto es que la maraña tentacular se suele dedicar, por lo general, a joder a la gente que vive unos cuantos peldaños por debajo del escalafón donde se ubican los Primeros Ministros. Por ejemplo, tienden más a enroscarse en los cuellos de los cinco millones de parados que hay ahora mismo en el país, masa anónima e incomprensible por su tamaño (dividámoslos pensando en 50 Camp Nous repletos, en los pasajeros de 1400 Titanics, en la mitad de la población de Portugal), pero a la que a veces tenemos la oportunidad de examinar de cerca poniéndole, es un ejemplo de tantos, la cara de Victoria, una vecina de 86 años del barrio, enferma de cáncer y madre de un hijo discapacitado, a la que esta mañana un montón de policías, tras cortar la calle para que nadie molestase, ha deshauciado de su casa.
Todo esto mientras aún padecemos -aunque ya por última semana- el gobierno de un partido que insulta el concepto incluyendo en su nombre la palabra “socialista”: en estos tiempos Orwelianos que vivimos al partido socialista no le ha temblado el pulso a la hora de intentar bajarse los pantalones para facilitar la tarea del Mercado, y ahora le deja el puesto al Partido Popular, que como su propio nombre esconde no deja de ser el partido de las élites que, con tal de mantener la cabeza fuera del agua y las haciendas en orden recortarán los presupuestos por allá por donde menos lucen, privatizando empresas públicas, rescindiendo derechos sociales, vendiéndonos la sanidad y cortándonos una educación que, bien pensado y mirando para lo que nos sirve, quizá en el fondo tampoco haya servido de mucho hasta ahora.
La impresión general es la del que se desliza en tobogán hacia las llamas.
Y aquí estamos, sin saber qué hacer, sin saber si podemos hacer algo. Nos dicen que no, pero claro, ¿qué nos iban a decir, que nos estemos quietos, no vayamos a echar a perder el juego de los Mercados?
Y sólo nos queda votar el domingo a un partido de los pequeños, con la esperanza de que saque representación y así, al menos, haya alguien que se escandalice y proteste en el Congreso, o votar nulo, para no perjudicar a los partidos pequeños cuando pretendemos tocarles las narices a los grandes.
Y después, bueno, nos queda el #15M, tan inefable en lo que es como en lo que pretende, y por ello mismo (pues sus zonas difusas son, en realidad, sus mayores virtudes) difícil de combatir mediante los trucos habituales, que si una buena represión policial o una ley de partidos domesticados. Y quizá sea difícil hacer algo pero, la idea es la misma que la del voto del domingo, al menos seguro que le quedará claro al Mercado, sea quien sea, que nos tiene hasta los cojones.
una disculpa del canibalismo
por David, sep.01, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo
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A estas alturas, y por la cuenta que nos trae, supongo que todos debemos tener asumida la naturaleza del espaciotiempo.
Por ejemplo, si en el salón hay una mesa y la mesa tiene un pico, deberíamos tener claro que conviene no pasar por allí cerca arrimando tanto el riñón al pico que entre en acción el principio de Pauli entre los átomos de la mesa y los de nuestro costado.
Y si no, al menos todos deberíamos tener asumida nuestra torpeza con la naturaleza del espaciotiempo, que es lo que me pasa a mí, no (siempre) con la parte espacial, sino con la temporal.
El tiempo siempre me sorprende, quizá porque sea la dimensión más cómoda que manejar: puedes recorrerlo tirado en el sofá. Intenta en cambio recorrer el eje X, a ver qué haces cuando llegues a un acantilado o cuando la tangente de la superficie terrestre te obligue a caminar a varios palmos por encima del suelo. O peor, intenta recorrer el eje Z más allá del rango de alcances de un ascensor.
Así, suele sucederme que dejo pasar un día o dos, antes de hacer algo, y en cuanto me descuido (o quizá: en cuanto dejo de descuidarme) resulta que han pasado los días, los meses, los eones, juntos como chinches en la manta de uno de mis pobres Vencidos.
Pero no debería hablar de plagas de bichos, todavía: eso, un poco más abajo, en este mismo post.
El caso es que aquí tenemos estas palabras que escribo repiqueteante. Estaba yo con mi serie criptográfica, que me queda un post para terminarla, precisamente el que sirve para algo (el que dice cómo firmar y encriptar correos con la soltura de la rutina), y ya lo véis: en el limbo, sigue. El tiempo pasando en prietas filas, desfilando bajo el arco del reloj con los colores del doppler decorando sus extremos (¿y por qué sigue ahí? Probablemente porque sé qué dice, porque tengo claro qué va en ella. Escribir sabiendo lo que se va a escribir es, aquí, ciertamente aburrido y algo bastante poco habitual).
Y mientras, pasan cosas, claro. Por ejemplo, me fui de vacaciones, y recorrí cerca de 6000 kilómetros y del orden de mil fotos. Menos mal que está el fotoblog, que me deja ser más constante, y donde ya supongo que irá quedando claro, al aparecer fotos de Alemania, de Suiza (de Francia no esperéis ni una, eso sí. Ni de Austria: lugares de paso y de reflexiones cafeteras).
Y por ejemplo, Valentín se fue al campo, con mis padres, y ha vuelto con garrapatas y pulgas. Ayer unos amigos me mandaron un mensaje proclamándome Pier Nodoyuna, por tener un perro pulgoso.
Y por ejemplo-consecuencia del anterior, ayer tuvimos en casa una guerra química, un genocidio de bichos.
Pensaba yo, hace unos días, en uno de mis muchos momentos de tontería, qué pensarían de nosotros unos teóricos alienígenas hippies que amasen ante todo la vida. Lo pensaba al ver hormigas en la acera y al pensar cuántas no serán pisadas por mero accidente, sin voluntad hormiguicida (a los niños psicóticos dejémoslos al margen). Pensaba ¿dirían “¡qué lástima!”, o nos condenarían en un tribunal intergaláctico de asesinos en serie?
Pero volví a pensarlo anoche, frota que te frota en la ducha con un gel germicida (decían las instrucciones: frotar hasta que haga espuma, y yo me convertí en una nube tóxica blanca con ojos). Y pensaba que la vida, esa cosa que hippiescamente vemos como un don, una maravilla y el no va más, básicamente es el esfuerzo de todos los seres por comerse a los demás, lo que produce una suerte de balancín vital en el cual un bicho se come a otro y justo después es pisoteado por otro más grande.
Pensé que si los alienígenas hippies nos vieran, probablemente no se escandalizasen mucho porque cortemos a las vacas en filetes y a los tomates en rodajas, porque ellos también sufrirán de parásitos y plagas y algo deberán echarse a lo que tengan por gaznate.
Ergo probablemente les diera igual, y ergo probablemente el vegetarianismo, el veganismo y demás ismos culinarios pro-bichos sean absolutas incoherencias. Y terminé pensando, lavándome tras la tarde que pasamos en casa exterminando pequeños seres, maravillas evolutivas desarrolladas durante millones de años, que desde ese prisma no hay mucho que se le pueda reprochar al ser vivo que mata a otro ser, sobre todo si es con fines alimenticios o higiénicos.
Mirando hacia lo pequeño, por contrastar la nueva hipótesis mental, di así mi perdón a las difuntas pulgas y chinches que hicieron o intentaban hacer de Valentín su hogar y su merienda. Mirando hacia lo grande, por llevar la hipótesis al extremo y ver si se rompe, pensé en los caníbales y en los reductores de cabezas, y pensé si a los aliens, que quizá algún día nos observen desde sus ululantes naves-tapacubo de papel albal, no les importaría un rábano y les pareciese cosa normal que a algunos nos de por matar a otros y juguetear con los cadáveres. Y sentí que yo, a esas alturas de la batalla con la vida, veía el canibalismo desde otro prisma, no del convertido que planea empuñar cuchillo y tenedor y ver a que sabe un congénere, sino desde el que descreído del humanismo pensará “bueno: vida come vida” y se encogerá de hombros la próxima vez que lea una supuesta historia horrorosa sobre caníbales o balleneros japoneses.
O quizá sólo sea que Donald Ray Pollock me está afectando. A saber.
criptografía para todos, 0: una introducción al hilo del 15M
por David, may.18, 2011 | criptografía, día a día
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INDICE:
0. Una introducción al hilo del 15M 1. un poco de historia, ¡Dyh Fhvdu! 2. cuadernos de clave única
Disclaimer: voy a escribir una serie de posts hablando de criptografía, pero me vais a perdonar que de la lata con una no-tan-pequeña introducción, contando cómo veo yo nuestro entorno, ¿vale?, aunque sólo sea por ponernos en contexto, por saber qué motivo tenemos que tener para saber algo de un tema que, las más de las veces, sólo hace pensar en la máquina Enigma y en películas de flamantes espías. Empiezo con eso.
A veces siento (y lo que sigue es una de las razones del cambio de blog) que le debemos una disculpa a quienes están por venir, a nuestros descendientes, a los que les toque seguir en este mundo cuando nosotros se lo dejemos, presumiblemente hecho unos zorros, en el mejor de los casos como está, y en el peor, bueno, siguiendo la tendencia.
Así que pequeños seres aún inexistentes o demasiado pequeños como para enteraros de nada: perdón, mil perdones. Perdón por este mundo superpoblado y esquilmado, perdón por las utopías muertas, perdón por haber creado corporaciones que nos esclavizaron, perdón por los retrocesos sociales y perdón por esa manifiesta inconsciencia que deduciréis cuando miréis los libros de historia (perdón si en ellos mentimos) y veáis la caída libre y nos imaginéis a todos tocando la lira mientras Roma arde.
En realidad y hasta la redacción de estas líneas, poco pudimos hacer.
Nuestros padres, que salieron de una dictadura, abrazaron entusiasmados una democracia que nacía con un lastre: favorece a los partidos que recogen pocos votos, pero muy localizados, y a los que acaparan más votos. Supongo que todos los partidos lo firmaron teniendo en cuenta que figurarían en uno de esos asientos de preferencia, porque por ejemplo no imagino que los comunistas (entonces, finales de los 80 y principios de los 90, aún en plena Guerra Fría, teníamos comunistas por aquí) pudieran imaginar que la gente, sin más, se iba a olvidar de ellos. Una vez pasada la decantación de partidos de las primeras décadas, el primer filtrado de los que suben y los que bajan, la cosa se ha traducido en que hay dos partidos, el PP y el PSOE, y que votar a cualquier otro es brindar al sol y tirar el voto, y es imposible que ninguno de esos dos partidos se descalabren, porque en este país siempre hay diez u once millones de votantes convencidos de cada uno de ellos. Y con eso les vale para gobernar un país de 47 millones de habitantes.
Naturalmente, el pueblo no elige ni a los candidatos de los partidos ni a los miembros de sus listas: en el PP se elige a dedo, y en PSOE de vez en cuando se hacen unas primarias internas. En la práctica esto se traduce en una versión dual del unipartidismo en el cual un partido gobierna y el otro espera calentando banquillo a que suceda un desastre que desanime a los votantes del otro o a que la inercia desgaste al que está al mando.
Y estar en la cima del poder, o en la cumbre anexa que está justo debajo, acomoda, aburguesa y atrae a las aves de rapiña. Antes estas aves, los corruptos, eran un estigma y un escándalo. Ahora los dos partidos mayoritarios ni siquiera se molestan en esconderlas demasiado. Eso cuando no se las aplaude.
Mientras, tenemos un récord histórico de gente sin trabajo. No es que toda la culpa sea de los que gobiernan o de los otros, no: la culpa es de los bancos, que hace un año o dos nos llevaron a una crisis monumental, por pura avaricia. Investidos del poder que es en realidad la sangre del sistema (es decir, el dinero), los bancos se han hecho virtualmente dueños o parásitos privilegiados de todo occidente hasta tal punto que cuando se hunden ellos les siguen los gobiernos, y para evitar que se hundan los gobiernos han llegado a darles montañas de dinero que, evidentemente, han acogido la mar de contentos antes de seguir a lo suyo, que sigue siendo la avaricia.
Casi todo el mundo está atado y bien atado por un banco: los precios de las casas subieron constantemente durante todo lo que llevamos de democracia, aprovechando así el partido gobernante de turno para hacer dinero con la construcción, y cuando no quedó dinero con el que comprar casas y empezó a faltar dinero para pagarlas, nos hundimos. Y todos tenemos el deber de, durante décadas, pagarle un buen dinero al banco por la casa en la que vivimos.
En fin: que la situación es bastante deprimente, y entre que siguiendo los canales diseñados por el sistema para que el ciudadano actúe (que son las elecciones) no se puede conseguir más que, como dijo Julio Anguita (un político muy comunista y ya retirado) por la tele hace poco, el amo nos de permiso para elegir capataz, y que por otro lado los bancos nos tienen puesto a todos un collar, y entre que por otro lado tampoco quedan sistemas de gobierno que conozcamos y que no se hayan probado desastrosos, la situación no es solo deprimente sino que además no se ve ningún horizonte hacia el que caminar.
Pero a todo esto ha sucedido este año una cosa espeluznante para cualquier gobierno actual y maravillosa: los países árabes, que estaban bastante peor que nosotros (torturados, por ejemplo, y pasándolas bastante más putas), se han hartado. Y mediante las herramientas de comunicación que da Internet han empezado a mostrar su rebeldía y a coordinarla, y han caído ya unos cuantos gobiernos, al otro lado del Mediterráeo, que no dejan de ser vecinos. Y en Libia el dictador más risible pero aún así cruel que ha visto el mundo, Gadafi, está haciéndole la Guerra Civil a su pueblo.
Yo, cuando veía por la televisión las imágenes de los árabes saliendo a la calle a decir que estaban hartos y que así no pensaban seguir (y tiene su mérito, porque a veces opinaban entre disparos y tanques), la verdad, pensaba en nuestra maldita ley electoral y en nuestros políticos ineptos y sentía envidia. Y pensaba que ojalá aquí fuésemos capaces de ser como nuestros vecinos y salir a la calle a hacerle un corte de mangas a los políticos.
Pero en eso han llegado unas elecciones municipales, que son el domingo que viene, y resulta que un buen montón de gente, mediante las mismas herramientas de comunicación que ofrece internet y que usaron los árabes (y que usamos, a diario, para perder el tiempo y entretenernos), han quedado para salir juntos a la calle a decir lo mismo que pensaba yo: este fin de semana pasado hubo manifestaciones en 50 ciudades de España, y aunque al principio los medios de comunicación les hicieron bastante poco caso se ha conseguido una cosa que yo creo que debe ser histórica: que por primera vez desde que tengo memoria, en una campaña electoral se está hablando de la gente.
No hay mucho mérito en adivinar qué sucederá el domingo (ganará el PP en la mayoría de lugares), ni siquiera lo hay en saber qué pasará cuando lleguen, el año que viene, las elecciones generales (ganará el PP por mayoría): el mérito está en haberles logrado dar a entender a los políticos, considerados desde hace ya mucho en las encuestas como el mayor problema que vemos los españoles en nuestro país, que mucha gente está hasta las narices de ellos, de sus tejemanejes, de las docenas de implicados en casos de corrupción que pueblan sus listas electorales. De que hayan consentido que nos posean los bancos, de que mantengan una ley electoral injusta y corporativa que beneficia siempre a los mismos.
El mérito que yo le veo a todo esto es que me siento bastante menos solo. Servir lo que se dice servir es difícil que sirva para mucho: pero basta mirar al otro lado del mar para ver que aun enfrentados a poderes mucho mas opresivos y peligrosos que los nuestros, la gente sigue teniendo ese poder de derribar gobiernos que tanto se han esforzado por estirpar.
¿Y por qué esta inmensa parrafada se titula “criptografía para todos”?
Pues por el factor común de ambas situaciones, la nuestra y la de los países árabes: que las protestas se han podido organizar porque la gente ha sido libre de comunicarse entre ellos.
¿Y qué pasaría, me pregunto yo, si quisieran quitarnos ese poder, y cuánto va a tardar alguien con poder en suspirar por esa idea?
Pues que tendremos que aprender cómo evitarlo.
esta mañana
por David, may.14, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo
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Alguien se ha despertado con la alarma de cristales rotos, su sueño cancelado por ese estrépito anormal e hiriente. Esta mañana alguien dormía y cuando se ha levantado, asustado, ha descubierto el suelo bajo su ventana erizado de fragmentos de vídrio, y quizá más lejos la botella agresora, que probablemente ni se haya roto (las botellas son resistentes).
Esta mañana Aroa paseaba a Valentín, bostezante ella y eufórico él, cuando ha visto a los dos hombres que pasaban junto a la bolsa de basura rota, y ha visto cómo uno se agachaba, agarraba la botella por el cuello y la lanzaba contra una ventana. Luego la han mirado a ella y a otra mujer que pasaba por allí, han dado media vuelta y se han marchado.
Aroa y la otra transeúnte se han mirado, no ya no sabiendo qué hacer, sino, peor, sabiendo la inutilidad de todo acto. Sabiendo que esos tipos iban a estar en el metro, rumbo a no sé dónde, antes de que se presentase el primer policía, sabiendo que no podían retener al par de cretinos. Sabiendo que no había nada que hacer.
Aroa ha terminado su paseo y ha vuelto a casa con unos churros para mi desayuno.
Después ha hecho café, me ha despertado y me ha contado lo de la ventana.
He reconocido que los churros estaban muy ricos, en voz alta.
Sin palabras, hemos coincidido en que el mundo sería un lugar definitivamente más hermoso sin toda esa gente que lo afea. Sin toda esa gente a la que la sangre sólo le late cuando joden a alguien desde la cueva del anonimato, desde la penumbra de la impunidad.
Esta mañana inauguro, también, este blog.
Edit: Aroa también escribe del incidente. E incluye foto de guapo conspirador o asesino.