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el mecanismo del mundo

literatura sincera

por David, abr.11, 2012 | el mecanismo del mundo

Ayer, por razones muy largas como para explicar aquí sin tirarme un buen rato más del que preveería si estuviera yo como para preveer duraciones de ratos, asistí a un evento extraño en el que alguien, que había escrito un libro, admitía que había sido muy sincero en el libro.

Permíteme un rodeo para situar la escena: el libro va de la vida del autor, y además al autor no le sienta muy bien que le llamen autor, porque dice no verse como, digamos, novelista, como escritor de los de toda la vida.

Y ahora permíteme que saque la tijera y ampute el contexto, porque entiendo que ser sincero es algo que puede ser bueno cuando uno, como era el caso, escribe un libro autobiográfico, porque no todo el mundo es Roberto Bolaño, y puede construir con su vida una mitología que se mezcle con ella hasta fundir las raíces de la sangre y las letras.

Estábamos ahí, y el escritor admitió su sinceridad, y sonrió. Yo me acordé de uno de los escasos mantras literarios que me permite mi mala memoria, esa cita de Martin Amis en La información (libro sobre escritores, por cierto), donce dice “todo escritor es en esencia un mentiroso”. En un arrebato que nada tenía que ver con llevarle la contraria al autor que no quiere llamarse autor (pero bueno, que se aguante, que no hubiera escrito, ¿no?), lo expresé en Twitter, diciendo:

Pero creo que el tema da para más de 140 caracteres, y aquí estamos.

Pensando en ello me pareció evidente que escribir es mentir, y que lo de Amis es una tautología: cuando uno escribe se inventa cosas, y las presenta como si fueran sucesos reales, que aunque suelen pretender serlo sólo en el contexto del mundo que aloja la invención, pasan, traen consecuencias, y se ven inmersos en cadenas de acontecimientos que, de manera más o menos cotidiana, pretenden parecerse a las cadenas de acontecimientos que detectamos o a veces pretendemos detectar en este mundo nuestro, el real. Cuando un personaje de un libro cae por un precipicio sabemos que no es bueno, precisamente porque en el mundo real no lo es, y por eso el autor suele hacer que no sea bueno: para intentar convencernos de que lo que sucede es real.

Naturalmente nadie se lo cree, realmente, en la inmensa mayoría de la ficción: yo de pequeño sabía que no existían Los Cinco de Enyd Bliton en el mundo real, pero me daba igual, me preocupaba por ellos, seguía sus aventuras con contrabandistas y sus festines de pastel de carne y cerveza de genjibre, como buen lector, y envidiaba a esos niños que iban en barcas a su isla, se perdían por túneles, pasaban peligros, iban a todas partes en bici, y lo pasaban tan bien. Les envidiaba y me interesaban sus peripecias, aún sabiendo que no eran reales, hasta el punto de recordar como si fuera ayer la primera vez que leí un libro en el que el protagonista moría en mitad de la narración. Todo esto sucede, repito la invocación a Amis, porque el escritor (la escritora, aquí) nos miente, sí, pero en realidad esa sólo es la mitad del negocio, que pese a ser la que más trabajo lleva (porque es más difícil escribir un libro que leerlo y, en términos generales, casi todo el mundo ha leído bastantes más libros de los que ha escrito, con alguna chanante excepción) es la que menos me sorprende a mí, porque del otro lado está el lector.

Porque nosotros, lectores que somos, cogemos algo que sabemos que es falso, y aunque lo sabemos falso, rendimos nuestra certeza para fingir que el libro es cierto, y cuando el libro es bueno o, más probablemente, cuando nos llega (porque hay quien sucumbe a esto leyendo, qué sé yo, a Ken Follet), nos lo creemos, lo vivimos, decimos a veces, lo que significa que le damos vida, fingiendo creer, jugando con él.

Es decir, cogemos un objeto cuyo fin evidente es engañarnos, y decimos “de acuerdo, engáñame, voy a tratar de dejarme”. Y a veces lo logramos, y a veces resulta dolorosísimo que el autor de pronto meta la pata y nos saque del engaño y nos sintamos como si en mitad de una obra de teatro se cayese el decorado y diesen todas las luces y los actores pretendieran seguir como si tal cosa. Porque queremos que el engaño dure hasta la última página.

Eso es, para mí, lo más grande de la literatura, la construcción de ficciones que el autor finge vivas y a las que el lector hace vivir. Eso es, para mí, el baile. Contar la vida, entonces, tal cual fue, con más o menos arte o gracia, puede ser cojonudo, puede ser muy bonito, puede hasta ser fascinante, cuando uno es, qué sé yo, Robert Capa y está escribiendo sus memorias. Pero es bailar sentado, y a lo más que puede aspirar es a que, al terminar de leer la sinceridad de alguien, podamos cerrar el libro y decir “maravilloso: parecía una novela”.

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para la reunión de citadores anónimos

por David, mar.13, 2012 | el mecanismo del mundo, libro, Sin categoría

Hay un libro de Onetti, cuyo título no recuerdo y que no terminé de leer porque, sospecho, no soy el target ideal del lector de Onetti, del que en cambio sí recuerdo que empezaba con una cita majestuosa, algo con párrafos, diálogos, sangrías varias y en versión original en francés sin subtítulos, y recuerdo también que cuando abrí el libro y lo vi silbé admirado, porque a mí siempre me han maravillado las citas de los libros, y aquella era realmente una cumbre en el arte de la cita, de puro bonita (visualmente: con el francés me pierdo, es lo que tiene no entenderlo precisamente bien).

Me pongo en pie, os saludo, hola, y confieso: soy un adicto a la cita.

Como casi toda mi vida en el ámbito de la literatura ha transcurrido en la trinchera del lector, por lo general me limitaba a admirarlas, o padecerlas, o mirarlas guiñando los ojos cuando alguien, como Onetti (o su editor, o casi yo, aunque la mía en que va en francés sí que la entiendo) decidían ponerla en francés y no traducirla. Como de un tiempo a esta parte he hecho mi pequeña incursión en la trinchera de enfrente, la del escritor (pero que nadie se alarme: mi trinchera, ante todo, es la de siempre, que uno no va a ponerse a dejar de leer, que el vicio no se quita ni con mezclas de aguarrás y Stieg Larsson), por fin he podido autoinfringirme mi propia dosis de citas, y cumplir así un pequeño, modesto y local sueño en las márgenes del sueño descomunal e increíble de que a uno le publiquen un libro.

Como, encima, el libro es formalmente un libro de relatos, se prestaba mucho a esto del citar. Casi todos los cuentos llevan su cita. Y creo que quizá sea buena idea explicarlas.

Fue en el Bremen donde me empecé a tomar esto de escribir realmente en serio (no siempre), e incongruentemente donde solía tomarme las citas a chufla (tampoco siempre). Allí me aficioné a buscar citas pretenciosas y/o absurdas y si podía ser ambas cosas, para colocarlas, a modo mitad de rompehielos y mitad de distracción, en la cabecera de los relatos. Yo no tengo un archivo de citas o soy una enciclopedia con patas, como algún tipo que conozco (ejem), por lo que, por lo general, para buscar una cita no suele quedarme otro remedio que documentarme, tirar de Google, o de Wikiquote, o de esos conocimientos absurdos que uno se tiró años metiendo en el cerebro considerando que así perdía el tiempo y que ahora, así, uno puede pretender rentabilizados sin creerse en absoluto, como pasa con las letras de esos grupos de gritones con pintas que me gusta tanto escuchar. Otras veces sentí que una cita era una manera de homenajear a su autor (o a lo que dice), y he probado a hacer lo mismo.

En el libro, evidentemente, decidí prescindir de las citas a chufla, porque no pegaban con el texto. Todo lo que hay en él es o bien un foco de luz que ilumina un detalle ajeno que, magia de la cita, pretendo apropiarme, o viene más o menos a cuento, escribo con miedo, atento al peligro de ese más o menos, que puede perfectamente ser menos para uno y más para otro. En ese sentido nunca vi posible empezar con otra cita que no fuese la que abre el libro como conjunto, musical ella, y título de canción, en realidad, porque el grupo, Russian Circles, es instrumental. Pero uno no puede evitar estar escribiendo un libro del oeste y pensar mucho en ese título que reza “Death rides a horse” (“la Muerte monta un caballo”, podría significar, o “la Muerte cabalga a caballo”), y dejar al lector ante el libro, advertido ya, con la tarea de encontrar ese jinete.

No fue intencionado, aunque sí en parte una declaración de intenciones, que el relato que abre el libro, el confuso y cuajado de personajes Los vencidos, sea de Pantera: cuando lo escribí estaba escuchando mucho ese disco, pero lo que me llamó la atención aquí fue la letra. Musicalmente nunca sentí muy propios del libro ni el barroquismo sucio y contundente de Pantera ni los ritmos elaborados y limpios de Russian Circles. Pero escuché (a duras penas, porque en esa estrofa Phil Anselmo, el que fuera cantante de Pantera, se esfuerza mucho y bien en resultar incomprensible) esa estrofa y vi ese sur perdedor, perdido, ese punto de fuga, esa partida perfecta para esa cuadrilla de personajes míos. “If I hit bottom /
and everything’s gone / in the great Mississippi / please drown me and run” (“si toco fondo / y todo está perdido / en el gran Mississippi / ahógame y huye”). Nadie ahoga a nadie en el Mississippi, en el relato. Pero sí que corren, y dejan detrás al que cae.

El siguiente relato, uno de los más populares, es Póquer, y habla de un vencedor y un perdedor natos. Y de póquer, claro. Ahí sí que me documenté hasta el punto de lo vicioso, y finalmente descubrí a Amarillo Slim y a Doyle Brunson, los grandes del Texas Hold’em en Las Vegas en los años sesenta o setenta del siglo pasado. Y la cita de Amarillo Slim me pareció tan sabia y tan conocedora tanto de la condición humana como del póquer que también fue inevitable decidirse por ella: “anybody who says he is [a winner] is either a liar or doesn’t play poker” (“cualquiera que diga que es [un ganador], o es un mentiroso o no juega al póquer”). La cita me gusta, aparte de por el relato que sigue y por sus implicaciones, sobre todo porque quien la dice, a fin de cuentas, era uno de los ganadores más habituales, y como tal es un ejemplo de humildad, esa virtud tan sobrevalorada pero virtud a fin de cuentas, y también porque, bien mirada, en parte dice que uno puede decirlo y ser un jugador de póquer mentiroso, sin darle más importancia, y como tal es un ejemplo de engaño, ese don tan útil en el póquer.

Otro relato se abre con unos versos de Francis Bret Harte, a quien llegué en el momento más yonqui de mi labor documentadora. Harte era un poeta de la época y del lugar, un poeta que vivía y respiraba y escribía sus versos en el mismo mundo que yo he intentado reconstruir. Qué menos que incluirle en eso que dice de “and then, for an old man like me, it’s not exactly right, this kind o’ playing soldier with no enemy in sight” (“y entonces, para un viejo como yo, no está del todo bien este juego del soldado sin enemigo a la vista”). Recuerdo que esta fue una de esas citas que, de hecho, llegó antes que el relato que introduce, e hizo arder la chispa de la idea del cuento que presenta a la pobre Elaine Jansen en forma del pistolero viejo y apestoso al que conoce en esas páginas.

El siguiente cuento, con otra protagonista femenina a la que le va todavía peor, la pobre Colette, sí que incluye una cita probablemente bastante críptica, tanto que ni la voy a traducir (sólo diré que dice algo de cadáveres, de la montaña de los dioses, de rostros pálidos y cráneos agujereados: bien pensado, le pega bastante al cuento). La canción es de Old Man Gloom, que en rigor fue el grupo que le puso banda sonora a casi todo el libro mientras lo escribía. Ni Morricone ni leyendas del género: la música que yo no podía empezar a escuchar sin oler el peligro y la pólvora oliéndose mezclados en el viento frío y cruel que irrumpía de pronto en mi cabeza y en la punta de los dedos era Old Man Gloom, casi siempre el disco que se llama Christmas, y que es una obra maestra tan propia que hasta tiene sus parajes desérticos, con ruido y estática en lugar de cáctus y desierto o llanura sin fin, eso sí. Esta canción, a mí, me lleva ahí, de cabeza, a ese mundo, a ese tiempo:

Old Man Gloom – Gift

El que sigue en la lista de citados es Ned Kelly, un forajido en realidad australiano, que justo antes de ser ahorcado tuvo el valor de plantarse ante jueces y verdugos y espetarles “I will see you where I go” (“os veré ahí donde voy”). La imagen del pistolero aceptando así el infierno y, encima, haciendo amenazas aún en ese trance me parece bestial.

Después es el turno del New York Times. La noticia que prorroga al relato sobre Alexander Keith McClung es verídica. El cuento es básicamente la dramatización de uno de los duelos de McClung, pero realmente existió el personaje -que era poeta también, por cierto, y por eso le conocí, aunque de este no pude rescatar versos para el libro-, y mató en duelo, por una estupidez, a un amigo suyo y a sus seis hermanos, en riguroso turno.

En el cuento siguiente sale Bolaño porque pensé que jamás me perdonaría escribir un primer libro sin que apareciese su nombre por algún lugar. Cuando en el poema Los hombres duros no bailan leí eso de “el alcalde es infame y el sheriff es un hijo de puta y las cosas van de mal en peor” ya tuve excusa. Hasta por un tiempo consideré llamar así al libro, “los hombres duros no bailan”. Pero me pareció que mi libro no iba de bailes. Calla, no me digas nada de coyotes ni de manuales, que te veo venir.

El cuento de Molly, uno de mis favoritos, fue el primero que escribí sin pensar en llevarlo al Bremen. Acababa de decidir que efectivamente iba a intentar escribir un libro, y que podía escribir directamente para él. Tenía sus ventajas, eso, por ejemplo de espacio. En el taller teníamos una limitación de longitud del texto, por no eternizarnos leyendo, y ese cuento fue el primero que afronté sin límite ni frontera, casi como la pradera por la que viaja Warren Fournier. Recuerdo que cuando me levanté de la silla miré cuánto llevaba escrito. Acababa de terminar de plasmar lo que para mí era la idea inicial del cuento, y ya me había pasado del límite habitual. Y todavía me quedaba resolver el cuento: ese fue un momento súbitamente feliz. Y fue aquí donde me di yo mi momento de cita a lo Onetti, pasándome al francés, con eso de “c’est nous qui formons les plaines de morts et les fleuves de sang”, que significa “somos nosotros los que llenamos las praderas de muertos y los ríos de sangre”. La firma Henri Barbusse, que pese a lo apropiado de sus palabras no era un pistolero del far west, sino un comunista francés de entreguerras, que escribió esas palabras desesperado por lo que había visto durante la Gran Guerra.

A partir de aquí hay un páramo en el citado que se extiende hasta el penúltimo cuento, que fue el primero que escribí. En el Gerald Hausman, un estudioso y defensor de los lobos, dice “we humans fear the beast within the wolf because we do not understand the beast within ourselves”. En ese relato hay lobos, y sendas bestias, de maneras y modos muy distintos, dentro de los dos protagonistas del cuento. Encontrada esa cita fue inevitable encaramarla en lo alto de ese relato.

Y en el último cuento fue donde padecí mi más grande quebradero de cabeza a la hora de buscar y poner citas. Como se ve hasta ahora mi idea fue dejar cada cita en su idioma original, y fiarme de que mucha gente sabe inglés y de que la que está en francés más o menos se entiende sin mucha complicación. Pero con esta cita tenía un problema, pues viene de la Biblia, libro del que hablar de la versión original sería adentrarse en los terrenos de la fabulación si no se partiera ya de ella. O dos problemas, porque aunque ante esa disyuntiva me sentía medio obligado a acudir a la versión española, resultó que esta no me valía, a diferencia de la inglesa. Esta, que cierra el círculo que abría trece relatos antes la de Russian Circles, nos devuelve a la muerte, en esos versos de las revelaciones que dicen “and I looked, and behold a pale horse: and his name that sat on him was Death, and Hell followed with him”, que en español se traduce como “miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía”, pero que del inglés yo traduciría como “y miré, y contemplé un caballo pálido: y el nombre de su jinete era Muerte, y el Infierno le seguía”. Porque yo no sé qué color será más fiel al original de la Biblia para el caballo, si el pálido de la inglesa o el amarillo de la española, pero un caballo amarillo se me antoja ridículo y digno sólo, digamos, de D’artagnan al principio de su libro, y por otra parte si se le cambia el color se pierde toda la referencia al Jinete Pálido y, con él, a Clint Eastwood, que aunque sea así de refilón también debía figurar en el libro. Y por eso y por su pésima calidad literaria finalmente la versión española fue descartada y el caballo que cabalga la encarnación más fiel de la Muerte que contiene mi libro no es amarillo, sino pálido, del color exacto que tiene un caballo blanco cuando cabalga días y días por caminos polvorientos en pos de la siguiente presa, jamás de la última.

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Pueblo vs Mercado

por David, nov.15, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo

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En estos tiempos que corren encender el televisor, mirar en internet más allá de páginas deportivas o de cine o de series o leer un periódico se están convirtiendo en un plato hecho a base de sólo dos ingredientes: masoquismo y depresión.

Sucede que el mundo entero está en una guerra que es probable que termine sin figurar en ningún libro de historia. Por un lado porque el contendiente más fuerte probablemente no querrá que se recuerde, y por otro porque, quizá, nosotros mismos, que ahora vemos como los acontecimientos se desenrollan en los diversos estilos de caída libre que cada uno tiene el gusto de adoptar, queramos terminar olvidando estos tiempos concretos, este paréntesis en el que quizá no demasiado conscientes de la fuerza de los engranajes que nos oprimen nos dimos cuenta del mordisco y del ataque y quisimos rebelarnos. Quizá algún día queramos olvidar estos tiempos porque todavía nos podemos permitir el lujo de la esperanza, y eso, cuando todo vaya mal, puede llegar a ser algo doloroso de recordar.

“Cuando parecía que sí”.

La cosa está tan mal que ni siquiera sabemos quién es el enemigo. “El Mercado”, dicen periódicos y políticos. “Los fondos de inversión”, dicen por ahí los economistas. ¿Y quiénes son esos?, se les pregunta, y ellos callan y ponen cara circunspecta. Sociedades que compran deuda de países. Por lo visto hasta ahora, mientras pagaran sus compras, a nadie le preocupó quiénes eran, para qué podían utilizar esa deuda o qué podría ir mal.

Este domingo pasado, por ejemplo, la televisión nos regaló un dulce envenenado. La parte del dulce es cortesía de Jordi Evolè, que tiene el que probablemente sea el mejor programa televisivo de la actualidad. El veneno lo ponía un tipo con el que hablaba a propósito de la crisis económica y de las elecciones que, el próximo domingo, celebraremos en nuestro país para cambiar la senda que conduce al desastre al que nos dirigimos a toda velocidad. En él un tipo de barba extraña, profesor de económicas en no-sé-qué universidad, decía que para qué votar, que votar era absurdo, que lo que había que hacer era un gobierno de circunstancias que le entregase el timón a los “técnicos” de la economía, que son los únicos que podrían salvarnos de la crisis que se nos está merendando vivos.

Que la democracia tal como la entendemos nosotros, los civiles y las víctimas colaterales de esta guerra, es una tontería.

El tipo, eso hay que reconocérselo, era un malabarista: por un lado obviaba a la gente de manera explícita, diciendo que cada cual, cada tragedia individual, cada ser humano en persona era, como ahora (y por ahora, y tiene pinta de que por bastante tiempo) sabemos que es su voto, algo prescindible y anecdótico. Por el otro, los técnicos (de la economía) no van sólo a salvar la economía, sino que nos redimirán a todos, cancelando nuestras tragedias individuales. Cuando conviene, por ejemplo a la hora de mostrar la zanahoria, somos gente, y cuando no conviene, por ejemplo cuando vienen con el palo, somos con suerte números y sin ella carne de hostia consagrada por un policía antidisturbios.

El tipo era un imbécil que se ha vendido a un enemigo cuyo rostro no vemos pero que resulta que nos posee, pues es dueño de nuestros bancos, de nuestras casas, de (al menos) nuestros principales partidos políticos apotronados, de nuestros gobiernos y de nuestros países: los fondos de inversión, amos de las deudas de nuestros países, antes, y ahora directamente de ellos. Pero hay que reconcer que tenía razón con respecto a esta democracia nuestra: votar es, en esencia, una tontería.

Mi generación ha crecido con la cantinela de que votar molaba, de que votar es un derecho y una obligación, algo esto último que, como es rotundamente falso, suele apostillarse con la palabra moral: votar es un deber moral. Esto nos cantaban nuestros padres, que votaron la Constitución, que profesan una fe inquebrantable hacia las siglas de sus partidos políticos y que vienen a formar, en su núcleo duro, esas mareas humanas que he leído llamar por ahí el voto zombie, aquellos a los que les trae sin cuidado qué barbaridades perpetre su partido, porque siempre existe el miedo a qué harán los del otro.

No son tontos, es sólo que ocupados con pesadillas apocalípticas sobre la media verdad del “qué harán los otros” olvidan las que están haciendo sus partidos, esos dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, que subsisten de eso, de sus masas de ocho millones de votantes más o menos fijos salvo descalabros puntuales (por ejemplo, hace falta que un partido en el gobierno mienta y manipule a la sociedad a costa de 100 muertos y pico para perder el poder, como el pasó al PP hace ocho años, y hace falta que un partido que incluye la palabra socialista en su nombre se pase cuatro años haciendo políticas de derecha y besándole los pies a una banca ladrona para que sufran el descalabro que van a sufrir este domingo que viene).

Y sin embargo el PP ni dejó de existir pese a que nos mintió descaradamente ni el PSOE lo hará pese a que ha traicionado a todo aquello en lo que sus votantes, supuestamente, creen. Más bien al revés, volvemos a escuchar la cantinela de la obligación moral. Y no precisamente porque se la apliquen con culpa, no: en lugar de eso, la moral nos implica a nosotros, que tenemos que votar, pero a quien se nos diga rutina, miedo o manipulación mediante. Ya se buscan las vueltas: por ejemplo el PSOE, que lo ve con razón muy negro, vuelve a entonar el cántico del voto útil, que consiste en decir que hay que votarles a ellos porque son los únicos que le pueden hacer frente al PP, que votar a otro partido es tirar el voto, y olvidan comentar que en primer lugar para que lo primero sea cierto deberían hacer políticas distinguibles el uno del otro, y en segundo lugar que eso es precisamente así por la ley de partidos que padecemos perpetuada por ellos dos, claros beneficiados a la hora de rentabilizar votos en escaños.

Mientras tanto la gente crítica desespera entre emitir un voto que cuente menos que los de nuestros políticos-sanguijuela o, directamente, mostrarles su rechazo no votando, votando en blanco o emitiendo un voto nulo, cosa que tampoco les importa mucho mientras no tengamos claro cuál de esas opciones les viene peor (es la última; es difícil encontrar alguien que lo tenga claro, lo que no deja de ser sintomático).

En cualquier caso al igual que los partidos se han alejado de la sociedad, la batalla que libran los dos dinosaurios por los asientos del congreso y el control del cuadro de mando les hace parecer bestias remotas luchando por algo que ya no existe, que en el forcejeo se meten a ciegas en el campo de minas que separa a los dos contendientes de esta guerra nuestra que, insisto, no deja de ser la de nosotros, el pueblo, contra la bestia escurridiza y todopoderosa, el Mercado. Y así resultará que el domingo que viene el PP vencerá en sus elecciones con mayoría absoluta y, entusiasmado por la victoria, tendrá que ponerse por la cuenta que le trae a las órdenes del Mercado, que a fin de cuentas será quien le mande, como el perro guardián que le tocará ser.

Observemos, porque supone un buen ejemplo de dominio de la bestia, a Silvio Berlusconi. ¿Quién era Berlusconi?: un italiano putero, chulo, mafioso y futbolero que, aficionado al poder y al fútbol, se hizo dueño del Milan, de televisiones y periódicos y, ya puestos, del gobierno de Italia. Perteneciendo a esa subespecie humana que ama el poder por encima de todas las cosas se aferró a su sillón contra viento y marea, pese a las cinco causas judiciales que aún tiene pendientes (o quizá también gracias a ellas, pues el poder le ha permitido ir redactando leyes que le iban exculpando mientras mandaba) y a la sucesiva alineación de escándalos con las que divide al mundo entre la risa y la incredulidad. Últimamente sólo conseguía mandar ya aliado con un partido de extrema derecha italiano, indiferente a todas las quejas contra él y a cualquier voz que pidiera su dimisión. Un momento, ¿a cualquiera? No: ha bastado que el enemigo misterioso, el Mercado, dijera que mejor sin él para que el bueno de Silvio, aunque a regañadientes, haya dejado el timón de Italia (y lo peor en estos casos, por lo visto para nada, porque la prima de riesgo de Italia crece como loca pese a la salida de Berlusconi).

Estos tiempos vivimos: comenzamos a entender la jerga económica, a incluirla en nuestras conversaciones. Antes uno entraba en un ascensor comentando si llovía o no. Llegados a este punto uno puede apretar el botón de la quinta planta mientras habla de diferenciales de la deuda pública.

Hace unos años, pocos, quizá el Mercado ya estuviese ahí, némesis de nuestros tiempos pero lejos, en abstracto, como concepto de los parquets bulsátiles del mundo: ahora ya no, ahora está aquí, chasqueando los dedos y haciendo que vanidosos governantes salten al vacío desde lo alto de sus tronos.

Desde luego no será Berlusconi quien nos vaya a dar pena: si bien lo suyo es un efecto a tener en cuenta lo es por lo extremo del alcance del tentáculo que, enrollándose en su tobillo, lo ha hecho caer, pero lo cierto es que la maraña tentacular se suele dedicar, por lo general, a joder a la gente que vive unos cuantos peldaños por debajo del escalafón donde se ubican los Primeros Ministros. Por ejemplo, tienden más a enroscarse en los cuellos de los cinco millones de parados que hay ahora mismo en el país, masa anónima e incomprensible por su tamaño (dividámoslos pensando en 50 Camp Nous repletos, en los pasajeros de 1400 Titanics, en la mitad de la población de Portugal), pero a la que a veces tenemos la oportunidad de examinar de cerca poniéndole, es un ejemplo de tantos, la cara de Victoria, una vecina de 86 años del barrio, enferma de cáncer y madre de un hijo discapacitado, a la que esta mañana un montón de policías, tras cortar la calle para que nadie molestase, ha deshauciado de su casa.

Todo esto mientras aún padecemos -aunque ya por última semana- el gobierno de un partido que insulta el concepto incluyendo en su nombre la palabra “socialista”: en estos tiempos Orwelianos que vivimos al partido socialista no le ha temblado el pulso a la hora de intentar bajarse los pantalones para facilitar la tarea del Mercado, y ahora le deja el puesto al Partido Popular, que como su propio nombre esconde no deja de ser el partido de las élites que, con tal de mantener la cabeza fuera del agua y las haciendas en orden recortarán los presupuestos por allá por donde menos lucen, privatizando empresas públicas, rescindiendo derechos sociales, vendiéndonos la sanidad y cortándonos una educación que, bien pensado y mirando para lo que nos sirve, quizá en el fondo tampoco haya servido de mucho hasta ahora.

La impresión general es la del que se desliza en tobogán hacia las llamas.

Y aquí estamos, sin saber qué hacer, sin saber si podemos hacer algo. Nos dicen que no, pero claro, ¿qué nos iban a decir, que nos estemos quietos, no vayamos a echar a perder el juego de los Mercados?

Y sólo nos queda votar el domingo a un partido de los pequeños, con la esperanza de que saque representación y así, al menos, haya alguien que se escandalice y proteste en el Congreso, o votar nulo, para no perjudicar a los partidos pequeños cuando pretendemos tocarles las narices a los grandes.

Y después, bueno, nos queda el #15M, tan inefable en lo que es como en lo que pretende, y por ello mismo (pues sus zonas difusas son, en realidad, sus mayores virtudes) difícil de combatir mediante los trucos habituales, que si una buena represión policial o una ley de partidos domesticados. Y quizá sea difícil hacer algo pero, la idea es la misma que la del voto del domingo, al menos seguro que le quedará claro al Mercado, sea quien sea, que nos tiene hasta los cojones.

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una disculpa del canibalismo

por David, sep.01, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo

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A estas alturas, y por la cuenta que nos trae, supongo que todos debemos tener asumida la naturaleza del espaciotiempo.

Por ejemplo, si en el salón hay una mesa y la mesa tiene un pico, deberíamos tener claro que conviene no pasar por allí cerca arrimando tanto el riñón al pico que entre en acción el principio de Pauli entre los átomos de la mesa y los de nuestro costado.

Y si no, al menos todos deberíamos tener asumida nuestra torpeza con la naturaleza del espaciotiempo, que es lo que me pasa a mí, no (siempre) con la parte espacial, sino con la temporal.

El tiempo siempre me sorprende, quizá porque sea la dimensión más cómoda que manejar: puedes recorrerlo tirado en el sofá. Intenta en cambio recorrer el eje X, a ver qué haces cuando llegues a un acantilado o cuando la tangente de la superficie terrestre te obligue a caminar a varios palmos por encima del suelo. O peor, intenta recorrer el eje Z más allá del rango de alcances de un ascensor.

Así, suele sucederme que dejo pasar un día o dos, antes de hacer algo, y en cuanto me descuido (o quizá: en cuanto dejo de descuidarme) resulta que han pasado los días, los meses, los eones, juntos como chinches en la manta de uno de mis pobres Vencidos.

Pero no debería hablar de plagas de bichos, todavía: eso, un poco más abajo, en este mismo post.

El caso es que aquí tenemos estas palabras que escribo repiqueteante. Estaba yo con mi serie criptográfica, que me queda un post para terminarla, precisamente el que sirve para algo (el que dice cómo firmar y encriptar correos con la soltura de la rutina), y ya lo véis: en el limbo, sigue. El tiempo pasando en prietas filas, desfilando bajo el arco del reloj con los colores del doppler decorando sus extremos (¿y por qué sigue ahí? Probablemente porque sé qué dice, porque tengo claro qué va en ella. Escribir sabiendo lo que se va a escribir es, aquí, ciertamente aburrido y algo bastante poco habitual).

Y mientras, pasan cosas, claro. Por ejemplo, me fui de vacaciones, y recorrí cerca de 6000 kilómetros y del orden de mil fotos. Menos mal que está el fotoblog, que me deja ser más constante, y donde ya supongo que irá quedando claro, al aparecer fotos de Alemania, de Suiza (de Francia no esperéis ni una, eso sí. Ni de Austria: lugares de paso y de reflexiones cafeteras).

Y por ejemplo, Valentín se fue al campo, con mis padres, y ha vuelto con garrapatas y pulgas. Ayer unos amigos me mandaron un mensaje proclamándome Pier Nodoyuna, por tener un perro pulgoso.

Y por ejemplo-consecuencia del anterior, ayer tuvimos en casa una guerra química, un genocidio de bichos.

Pensaba yo, hace unos días, en uno de mis muchos momentos de tontería, qué pensarían de nosotros unos teóricos alienígenas hippies que amasen ante todo la vida. Lo pensaba al ver hormigas en la acera y al pensar cuántas no serán pisadas por mero accidente, sin voluntad hormiguicida (a los niños psicóticos dejémoslos al margen). Pensaba ¿dirían “¡qué lástima!”, o nos condenarían en un tribunal intergaláctico de asesinos en serie?

Pero volví a pensarlo anoche, frota que te frota en la ducha con un gel germicida (decían las instrucciones: frotar hasta que haga espuma, y yo me convertí en una nube tóxica blanca con ojos). Y pensaba que la vida, esa cosa que hippiescamente vemos como un don, una maravilla y el no va más, básicamente es el esfuerzo de todos los seres por comerse a los demás, lo que produce una suerte de balancín vital en el cual un bicho se come a otro y justo después es pisoteado por otro más grande.

Pensé que si los alienígenas hippies nos vieran, probablemente no se escandalizasen mucho porque cortemos a las vacas en filetes y a los tomates en rodajas, porque ellos también sufrirán de parásitos y plagas y algo deberán echarse a lo que tengan por gaznate.

Ergo probablemente les diera igual, y ergo probablemente el vegetarianismo, el veganismo y demás ismos culinarios pro-bichos sean absolutas incoherencias. Y terminé pensando, lavándome tras la tarde que pasamos en casa exterminando pequeños seres, maravillas evolutivas desarrolladas durante millones de años, que desde ese prisma no hay mucho que se le pueda reprochar al ser vivo que mata a otro ser, sobre todo si es con fines alimenticios o higiénicos.

Mirando hacia lo pequeño, por contrastar la nueva hipótesis mental, di así mi perdón a las difuntas pulgas y chinches que hicieron o intentaban hacer de Valentín su hogar y su merienda. Mirando hacia lo grande, por llevar la hipótesis al extremo y ver si se rompe, pensé en los caníbales y en los reductores de cabezas, y pensé si a los aliens, que quizá algún día nos observen desde sus ululantes naves-tapacubo de papel albal, no les importaría un rábano y les pareciese cosa normal que a algunos nos de por matar a otros y juguetear con los cadáveres. Y sentí que yo, a esas alturas de la batalla con la vida, veía el canibalismo desde otro prisma, no del convertido que planea empuñar cuchillo y tenedor y ver a que sabe un congénere, sino desde el que descreído del humanismo pensará “bueno: vida come vida” y se encogerá de hombros la próxima vez que lea una supuesta historia horrorosa sobre caníbales o balleneros japoneses.

O quizá sólo sea que Donald Ray Pollock me está afectando. A saber.

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esta mañana

por David, may.14, 2011 | día a día, el mecanismo del mundo


Alguien se ha despertado con la alarma de cristales rotos, su sueño cancelado por ese estrépito anormal e hiriente. Esta mañana alguien dormía y cuando se ha levantado, asustado, ha descubierto el suelo bajo su ventana erizado de fragmentos de vídrio, y quizá más lejos la botella agresora, que probablemente ni se haya roto (las botellas son resistentes).

Esta mañana Aroa paseaba a Valentín, bostezante ella y eufórico él, cuando ha visto a los dos hombres que pasaban junto a la bolsa de basura rota, y ha visto cómo uno se agachaba, agarraba la botella por el cuello y la lanzaba contra una ventana. Luego la han mirado a ella y a otra mujer que pasaba por allí, han dado media vuelta y se han marchado.

Aroa y la otra transeúnte se han mirado, no ya no sabiendo qué hacer, sino, peor, sabiendo la inutilidad de todo acto. Sabiendo que esos tipos iban a estar en el metro, rumbo a no sé dónde, antes de que se presentase el primer policía, sabiendo que no podían retener al par de cretinos. Sabiendo que no había nada que hacer.

Aroa ha terminado su paseo y ha vuelto a casa con unos churros para mi desayuno.

Después ha hecho café, me ha despertado y me ha contado lo de la ventana.

He reconocido que los churros estaban muy ricos, en voz alta.

Sin palabras, hemos coincidido en que el mundo sería un lugar definitivamente más hermoso sin toda esa gente que lo afea. Sin toda esa gente a la que la sangre sólo le late cuando joden a alguien desde la cueva del anonimato, desde la penumbra de la impunidad.

Esta mañana inauguro, también, este blog.

Edit: Aroa también escribe del incidente. E incluye foto de guapo conspirador o asesino.

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